lunes, 3 de marzo de 2014

EL ROSAL QUE ME CRECE A LAS ARTERIAS Y ME ARAÑA POR DENTRO


La soledad se esta luz
que enturbia los
almendros y los incendia.
Eduardo Mueva. “Cuerpo sin mí”

El árbol que crece en el lomo de la araña,
descompuesto como babosa dócil,
tiembla acurrucado en la cama de un inmenso flujo,
una corrida vegetal que me clava las raíces en la boca.
El barro de la náusea.
Todo vibra como un sexo violado, o como una espiral de esperma que
sobrevuela la noche (oscura)
el aire está lleno de golpes, de trompazos, de hematomas de viento
y de aire vomitado.
Los ojos viven en los nidos de las hormigas,
donde crecen los cabellos de la tarde, y se amamantan
las montañas y los pedazos del mundo real,
en un rincón húmedo de mi sueño más sucio.

Cultivando los campos con palabras de angustia,
allá donde el espíritu se mutila, el hombre renuncia a volar,
así, mi silencio bajo las aguas,
escribe sobre el oxígeno:
la tela es la prisión del cuadro.

Soy pues un vidrio frágil, un miedo,
una cosa sin olor ni lascivia,
sangre mezclada con canela y vinagre,
como una distancia de fuego o una nada triturada,
sin sentimientos, un estallido
indescriptible de fracaso.
Soy un agujero, un helor, un ruido.
Un dolor profundo.

Soy música cuántica.

La nada detenida en el vacío, suspendido en la frialdad ausente
del cosmos, o cualquier otro animal que vive en mis sótanos, borroso
y profundo como un cristal de hielo, perdido en la tiniebla del hombre,
bajo una costra de piel y huesos y que tiene que considerar la
posibilidad del vampirismo o reventarle la cabeza a un bebé
contra una piedra.

El sol es un pájaro muerto.

Del libro El silencio llueve sobre las piedras de CESC FORTUNY
Publicado en Un días es un día Ágora

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