miércoles, 5 de marzo de 2014

EL ARTE DE LAS ESPUELAS


A mitad del ruedo
el locutor da el anuncio,
4 pm marca el reloj del tiempo.

Los caballos alrededor trotan
húmedos de garbo
y azabache intenso,
sus sillas de fibra de hueso,
cuero curtido,
herraduras de legible acero vivo.

Los montadores saludan
al llamado, su valentía parece
contenida y dispersa.

Ellos saben que 10 segundos
sobre el lomo pueden ser eternos.

Mientras la top model
sostiene el sombrero,
al azar los nombres de las bestias dentro.

Toros de 700 kilogramos
de pura fuerza brutal y despierta.
El gentío en el tablado aplaude
la osadía en la manga de salida
el animal atado por el cuello,
pretal a tres dedos de distancia de la giba.

La puerta cerrada con tablas
y años macizos,
almendro endurecido con tuercas y tornillos.
El montador se alista
con presencia
y con delirio se amarra sus espuelas de acero mellado y frío,
chaparreras con barbas de azul marino,
sombrero blanco
y su fuerza de voluntad pensando en suspenso tibio.

Al posarse sobre el lomo se santigua,
bajas sus piernas con ansiedad dádiva,
el acero filo besando el codillo,
suspiros de hondo intenso
y su vida quieta y denso drama en escalofrío.

Se oye el grito de puerta
sobre el lomo compacto y cenizo,
el valor queda en velocidad,
fuerza y peligro,
saltos de fuga
y perplejidad rapidísima,
sus piernas como pistones hidráulicos
marcan la ira de 700 kilos,
los contornos en remolino,
los gritos del gentío,
la faena sobre el ruedo,
el lóbrego desatado y enfurecido.

Belén Aguilar Salas -Costa Rica-

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