domingo, 23 de marzo de 2014

DE LA CONCIENCIA DE CLASE A LA CONCIENCIA DE NADA


Nuestra vida, que algunos ilusos llaman moderna, navega entre la angustia y la insatisfacción, por la ausencia de sentido de nuestras acciones. Estudiamos, trabajamos, nos reproducimos, vivimos sin tener conciencia del significado de nuestras vidas. No vivimos nuestras vidas, si no las que otros han preparado para nosotros.
Antes, el control social se circunscribía al mundo del trabajo, al mundo de la producción. La reproducción social era todavía un espacio para la libertad individual, para la imaginación, para la subversión y para las aficiones o perversiones particulares de cada uno. Hoy sin embargo, el mundo de la reproducción se ha sometido a las mismas leyes de la mercancía, el consumo y el espectáculo que gobiernan la producción. Ya no cabe pensar en espacios de libertad fuera de lo social. Hoy todo es lo mismo. Producción, descanso, recreo, diversión, cultura, turismo, consumo, religión…Todo está sometido a las leyes de la plusvalía.
Nuestra insatisfacción nace de esta ausencia de libertad impuesta por la multitud de mecanismos, normas, costumbres, informaciones que regulan el tiempo destinado a la reproducción social. Un sistema de valores superficiales y banales que presiona sobre nosotros desde las distintas instancias ideológicas del poder, repitiendo machaconamente sus mensajes, sin dejar espacio para nuestra individualidad, hasta llegar al punto, que ésta se identifica y confunde con aquellos valores. Nos hemos convertido (han convertido) en seres sin otra conciencia que la socialmente correcta. La cultura ha pasado a formar parte de la educación y ésta en propaganda y doma. La conciencia como base de la individualidad ya no existe, si no como algo perteneciente al mundo marginal. La conciencia individual pertenece al mundo del consenso cuando no al de la mercancía.

Hoy apenas quedan resquicios para una individualidad que no este codificada dentro de uno de los roles socialmente admitidos. El retiro a nuestra cueva requiere que, esta, sea cada vez más profunda, oscura y clandestina. La individualidad ya no se puede declarar frontalmente, cara a cara. Requiere del disfraz, la mentira y a esgrima. El enfrentamiento a la luz, ya no es posible. Para la honradez solo queda el sabotaje.

En el mundo desarrollado el discurso oficial dice que, los trabajadores (antes se decía obreros) han perdido la conciencia de clase, que, con la adquisición de su nuevo estatus (han empleado el término aristocracia obrera) con su nueva situación de privilegio en la organización de la producción se han aburguesado. Antes sus valores, su cultura, su conciencia, y su comportamiento, se diferenciaban de los de la burguesía industrial, de los de la pequeña burguesía urbana o del campesinado.

El mismo discurso afirma que aquellos valores que marcaban la diferencia han desaparecido, porque en la sociedad poscapitalista han desaparecido las clases sociales. Y se pone de ejemplo a los partidos y sindicatos socialdemócratas, enfangados en la burocracia y la corrupción de sus élites profesionales. Pero no es esta la cuestión. Lo que casi ha desaparecido, es la conciencia que cada clase tenia de sí misma, y que, digamos, subjetivamente, las diferenciaba entre sí. Tampoco es cierto que ello se deba a la gran extensión y democratización que se ha dado en la cultura, en la protección social y en los medios de comunicación. Lo que en realidad ha sucedido es que los obreros industriales y los campesinos, son ahora trabajadores del mundo del comercio, los servicios y la administración, pero curiosamente y en buena medida, su situación, a pesar del gran “desarrollo económico y del progreso”, no es, en muchos sentidos, mucho mejor que la de los trabajadores industriales de antes. Porque la miseria sigue existiendo, aunque ahora tenga otros nombre y se presente bajo nuevas formas.

La diferencia de la actual situación con relación al período posterior de la última posguerra mundial, es que, con carácter general, se han extendido e impuesto unos valores que se consideran como los mejores de los posibles, esto es, que devienen como irremisiblemente objetivos y que en consecuencia, se consideran compartidos por las distintas clases de una sociedad que ahora se llama democrática y de masas sin ninguna adjetivación de clase. Esos valores se han transformado, presentándose en las sociedades capitalistas avanzadas, como parte de una cultura global objetiva, difundida masivamente a todas partes como consecuencia de la enorme amplitud adquirida por los autodenominados independientes y profesionales medios de comunicación, de manera tal que, aquél que no comparta estos valores, no es que pertenezca a otra clase social, sino que es sencillamente un disidente, un asocial, un marginal, cuando no un loco. Nos dicen que, con la democracia, se ha conseguido que la ley nos haga a todos iguales, pero no nos dicen que a algunos les hace más iguales que a otros.

No es por tanto extraño que la insatisfacción, la angustia, la depresión, la esquizofrenia, el asesinato sin aparente sentido, el suicidio o en resumen la locura, sean las válvulas de escape para unos hombres que viven tan en sociedad, que dejan de saber quiénes son ellos mismos. Nunca en las sociedades históricas fue el hombre menos libre y nunca en ninguna otra sociedad se creyó tan libre. La libertad, hoy, a lo igual que la violencia son de seda y ningún otro tejido más resistente que la seda, para dejar bien atadas las manos. El esclavo de una plantación sureña sabía que era esclavo y tenía conciencia de la injusticia de su diferencia. El hombre de hoy se cree libre sin saber que no lo es.

Por eso podemos decir que, hemos hecho un viaje a ninguna parte, porque partiendo de la conciencia de clase (que los medios y los intelectuales de hoy consideran una antigualla) hemos llegado a la conciencia de la nada.

ALBERTO LOPEZ

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