Llegas tarde ante la gran puerta.
Intentas abrirla y no cede,
tal vez por el peso de sus años
o el de los años que llevas intentando abrirla.
Tres golpes son acompañados
por el silencio de la indiferencia…
Aumenta el desespero,
desaparece la compostura,
luego de tal batalla
sólo quedan heridas de frustración.
Una luz incandescente
se anuncia por las numerosas brechas del portón,
rechinar de clavijas y bisagras
avisan el final de la espera…
Se acostumbran los ojos al silencio.
Sólo vacío.
Mauricio Berrio Arismendy -Colombia-
Publicado en la revista Delirium Tremens 9
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