Ya no estás aquí, ya no, en la región donde de algún modo se existe, nos dejaste sin provisión en la tierra, por esto, a mí mismo me desgarro.
Nezahualcóyotl -Estoy triste
Fui citado de urgencia. El tlatoani en persona quería ocuparse de mi intransigencia. No me conmovían las sequías de un Tláloc ausente ni los huracanes que Ehécatl resoplaba incansable. Ni estaba inquieto porque la sangre no aplacaba el rigor de Tonatiuh. No era sordera divina sino
hartazgo. Este quinto sol pasará como sus predecesores. Es el destino de nuestro pueblo. Pero una gran mayoría opinaba que era algo a evitar.
Los guiaba el infame cihuacoatl. Las conspiraciones del Primer Ministro siempre me tuvieron sin cuidado. Es un buen hombre pero también un fanático y para lograr su cometido no vacila en acudir a la delación, la estafa y aún, el homicidio. Y nuestro rey lo escucha. Sin embargo, yo soy el
teotecuhtli, el supremo sacerdote y ante la regia presencia usé todas las prerrogativas de mi rango. Y la sabiduría ancestral. Porque yo hablo con los dioses y en los vapores sagrados me fue revelado el futuro.
No tiene caso ir. Me opongo. Dicen que más allá del mar, los hijos de Sin, Ištar y Šamaš votaron igual. ¡Qué obtuso fui!: la orden ya se había emitido. Mientras el tlatoani me interrogaba, un grupo de teopixque iniciaba la jornada hacia un distante planeta azul. Estos jóvenes sacerdotes de dientes aserrados fueron elegidos para tener comercio carnal con las indígenas. A cambio harán don de los
secretos de la hechicería, el augurio de tormentas y eclipses, el gobierno de sembradíos y cosechas, el fuego ytanto más. Sé que nos van a ignorar, que nos relegarán al mundo de las fantasías insomnes. Sé que en los milenios por venir, los locales pondrán en duda todas las evidencias.
Sé que alumbrarán teorías y refutaciones nimias. Y sé que nadie nos recordará. Pero no los condeno.
En su hora, abjuramos del pasado en términos similares. El fruto no guarda memoria de la semilla que fue. Me pesa, sí, que nos motive más la lujuria que evitar la extinción. Una ulterior visión me reveló el resto. Aún la secreta forma del cuchillo de obsidiana que en breve me labrará el pecho. No quiero entristecerte, amada Xóchitl, pero necesito ungirte mi testigo. Según los ingratos dioses me
aguarda un olvido mayor.
Pablo Martínez Burkett (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura 149
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