A estas horas de la madrugada
hasta las estrellas se han oscurecido.
Un acre olor a orines
se abalanza sobre mí
al llegar a la esquina; estaba
al acecho, como animal inmundo,
en la rampa del garaje de al lado.
Algunos mastuerzos vociferantes
han debido reventar la cabina
del teléfono: por el suelo
pequeños fragmentos opacos
extienden una nevada humillante.
Individualmente, esos tipos no valen nada
y en grupo menos todavía.
Siempre lo mismo.
Treinta y tantos años de democracia
y la barbarie no para de avanzar.
Con hastío meto la llave en la cerradura
de mi casa. La civilización
prolongará su agonía
al menos otros doce meses.
Eso ya es un motivo
para introducirse en el sobre
con moderado optimismo.
Prometo pensar en ello.
Mañana, cuando tenga ganas de reirme...
RAFAEL SIMARRO -Ciudad Real-
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