Ahora nace el día. Ahora el cielo,
que es venero, que es luz, que es claridad,
nos entrega su cántico y su fruto
y a convivir de nuevo nos convoca.
Pero de nada sirve su concurso,
su resplandor alegre y persuasivo,
si el miedo cobra cuerpo y a su cuidado toma
espíritu y talante, memoria y voluntad.
Acecha entonces, presto y sigiloso,
el relente tenaz de la amenaza,
y el presagio confina en la remota
infinidad de un páramo irredento
las escenas que dieran a la vida
cima y fiel, vecindad y compañía.
Es un viento que deja al descubierto
los secretos más íntimos del hombre.
Siempre pensé que en este mundo habría
posada y hospedaje para todos.
Hoy confieso que estaba equivocado.
En este corredor que da a la muerte,
cada paso que damos tiene un precio.
Aquí es preciso aquietar la cólera,
sortear muros y sombras, mantener
la calma, refugiarse en el silencio
y encontrar un escudo en la ceguera.
Quien incumple estos cánones y normas,
presa es del abandono y el olvido.
No sabéis como pudre el desabrigo
las cuadernas recónditas del pecho.
No sabéis como arrasa el desaliento
el ramaje de las venas, el iris
de los ojos, el vuelo de la sangre.
Ocráceo es el color del desamparo,
grisácea la acidez de sus cadenas,
agraz su abrazo inhóspito que deja
el pulso errante, umbríos los sentidos.
En este tiempo hostil, propicio al odio,
donde el desdén acrece servilmente,
a nadie le interesa el llanto ajeno,
nadie quiere saber nada de nadie.
Y ante tanta agresión y tanto encono,
Amparado en el deseo y la esperanza
de que un día remita esta indolencia,
esta pasividad, este egoísmo,
uno tiene bastante con vivir.
Del libro “NADA ES MÍO, NADA ME PERTENECE” de Máximo Cayón Diéguez -León-
1º Premio, XXVII Certamen de Poesía Searus, 2004
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