Ella se coloca el broche. Es un pavorreal. En el espejo se contempla el rostro y deja que su mano izquierda ruede desde el pelo para encontrar la derecha. Con la derecha encima del pecho acaricia el broche. Cuando las dos manos se unen en su ritual, arranca el broche como se arranca la maleza y el rostro se transforma en fiera. Las manos adquieren otra dimensión: las uñas se alargan hasta el infinito y perforan cada poro de su cuerpo. La algarabía comienza. Los buitres danzan sobre su cabeza. Se produce la entrega.
Francisco Garzón Céspedes y Mayda Bustamante Fontes
Publicado en la revista ¿Escribimos? 13
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