El ángel en la rueda y el bosque en el hombre
y los viejos en la fría, fría y cruel Realidad
que transforma el mundo que no entendemos y convierte
el polvo en rosas y las manitas de los muertos
manejan los tiradores y las manillas de la maquina
que alza la luna que asciende del enorme mar azul,
que dice "Basta, basta, nunca basta,"
este chacachá del deseo del que siendo es gerundio,
y si tienes dinero puedes ir a la feria
y si amas a un hombre, o amas a una mujer
o cantas en nombre del marido de mi tía Raquel
puedes ver las luces cegadoras de la ciudad de Jack
desde las marquesinas y los salones y las luces de navidad
a las chimeneas humeantes y la noria gigante
rodando hacia la bahía y los barcos de recreo del Ser
de los que eres capitán, y mira dicen los marineros señalando
a la luna y vamos donde nos place--salvaje
abejita de lo común y la fosa, la fosa
común donde algunos yacen asustados y vivos y,
mientras se mueven las excavadoras y las esposas de los asesinos
lloran en habitaciones, empiezan a agitarse, hace tiempo muertos
a la muerte y a la luz de cerradura del nuevo día, diciendo
“Recuerdo respirar y la única palabra que al respirar dije
fue sí,” y recuerdo cuando el amor era un vestido azul
y pechos y te recordé algún tiempo después
te apartaste y te fuiste y recuerdo
el pelo de mi madre y el pelo de mi hermana y el sinsentido
de la cuchara y la soledad de la felicidad de
lo largo y lo frío y la rueda y la canción
aquí en los bosques profundos de la tarde.
STEVE SCAFIDI
Publicado en la revista Nueva Grecia 1
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