La sentí ronronear mientras besaba a conciencia sus entresijos. Gimió quedito al primer embiste, pero pronto su cuerpo despertó, ejecutando inconscientemente contorsiones prodigiosas de gimnasta olímpica. En cada uno de sus orgasmos maulló sin culpas, perturbando con sus alaridos la calma de la tarde moribunda. Finalmente, meó con un chorro único e hirviente sobre mi pecho inerme crucificado de arañazos, y se durmió al instante aferrada a mis brazos.
Una hora después despertó como una flor, y se me quedó mirando curiosa mientras yo lamía mis heridas. Su belleza hindú me seguía pareciendo imposible.
-Una de estas noches acabarás conmigo, felina –acusé, cariñosamente.
-No te quejes, poeta –dijo mientras se calzaba sus botas de piel. Y antes de salir de la habitación me dedicó la más inocente de sus sonrisas:
-Conmigo, morirás feliz.
Josué Catasús.
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