A mi sobrina Guadalupe
El aire abanicaba las hojas de los árboles. Todo era silencio. Las rosas al borde del camino suicidaban sus pétalos. Era el mes de abril y la tierra tenía sed.
-Buenos días. Mire, yo venía a dar sepultura a esta pierna- señaló con la mano en la bolsa. El enterrador dio fuego al pitillo que tenía en sus labios.
-¿Está usted empadronado?
-Pues no.
-Vaya usted al ayuntamiento, empadrónese y pague el nicho.
Así lo hizo. Volvió ajustado de tiempo. Ya estaba cerrado el cementerio, no sería abierto hasta el lunes. Qué fastidio -pensó-. Se hospedó y solicitó que le guardaran la bolsa en el congelador. Planchó las sábanas de la cama, con su cuerpo. El lunes a las nueve de la mañana se despertó. Desayunó. Solicitó la bolsa que había consignado en el congelador.
Pagó y se marchó. Llegó al cementerio y localizó al enterrador que estaba dando de beber a los rosales.
Le entregó el título de propiedad del nicho. Era en la planta baja. Él mismo metió la bolsa. Ya tenía previstos el enterrador los ladrillos y la pasta de cemento y arena.
Se dispuso a tapar la sepultura. Y cuando iba a poner el último ladrillo, el difunto de la pierna empezó a llorar, luego a gemir. "Con los buenos ratos que hemos pasado, pierna de mi vida. Aquí te quedas sola hasta que mi cuerpo te haga compañía. ¡Qué solita te quedas!
Le dio al enterrador cinco euros de propina, le dio la mano y se despidió. Se montó en el auto. Se tocó su pierna ortopédica. Y pensó: Dos días para poder enterrar mi pierna y qué sola se queda.
Manuel García Centeno (Paracuellos del Jarama, Madrid)
Publicado en la revista Aldaba 26
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