Un tullido de última hora
gasta su último esfuerzo
en bostezar a la muerte.
Abstracto ademán
obligado por un ríspido
beso en la boca.
El tullido de última generación
golpea las palabras
cualquier palabra.
Cualquier palabra
ríspida escrita
con el velo del paladar.
Y escupe interrogantes
y respuestas
envueltas en la cal de la pared.
Un tullido como último auxilio
saca sus ojos blancos de la nevera
y dice que antes eran azules.
Dice que los compró en una granja,
que venían envueltos en papeletas
de lotería.
Escondo mis fuerzas,
mi imaginación y mis desechos.
Voy a cenar.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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