jueves, 5 de febrero de 2015

NIEVE


Al despertarme esta mañana, Barcelona, por la parte norte, la parte del Tibidabo, aparecía toda cubierta de nieve. He recordado otros días de nieve sobre la ciudad... De niña, aquella típica ilusión que se crea entre los niños de ciudades en los que nieve aparece esporádicamente de año en año y no todos los años. Juegos compartidos, bolas de nieve, batallas muñecos de nieve, resbalones caídas y mucha alegría.

En mis años de maestra esa ilusión que ya había quedado lejos, en el tiempo, se ha actualizado en otros niños que yo tenía a mi cargo.

-!Nieve, nieve!.!"Seño", está nevando!

_¿Podemos salir al patio? Y los niños salían al patio,mientras las maestras nos quedábamos alrededor de una estufa de butano, viendo caer la nieve y contagiándonos un poco de aquella ilusión, que lo llenaba todo con sus gritos y sus risas, en el patio de la escuela.

Un año, de eso hace bastantes años. Se puso a nevar tan copiosamente que el patio y los árboles quedaron en cuestión de media hora con más nieve de la que habíamos visto nunca.

Dejamos salir a los niños al patio, y en pocos instantes se vaciaron de golpe todas las clases. Yo me quedé sentada, pues quería recoger algunas tareas de los alumnos y corregirlas. Aquel año tenía un octavo curso.

Hacía mucho frío, para colmo, la calefacción no funcionaba muy bien del todo, pues hacía poco que la habían puesto, arrinconando las estufas de butano.

Una de las niñas (inventaré su nombre, no su historia) Joselín, se había quedado en su sitio, en la primera fila, delante casi de mi mesa. Sabía que venía de Perú, de Chimbote, según me había contado su tutora. Yo le daba Lengua Castellana y era una de las mejores de la clase, educada, trabajadora, atenta. Algo tímida, pero era natural no llevaba un mes en España, pues se había incorporado tarde al curso.

Pensé que se encontraba mal, y le pregunté por qué no salia al patio. Se echó a llorar. Me acerqué a ella.

Su relato me hizo sentir frío, mucho frío. Un frío en el alma difícil de describir.

Lo primero que me dijo fue que encontraba mucho a faltar a su abuela, y al pueblo y a toda la gente que allí vivía cerca de Chimbote en la costa de Perú.

Allí había quedado su abuela enterrada, en el cementerio donde algunas veces jugaba con sus amigos, y su perro al que no volvería a ver, ni a su muñeca de trapo que le había confeccionado su abuela con retales de tela ya inservibles y que la había acompañado tantos y tantos años.

Joselín tenía 14 años, su madre la había tenido con 16, la había dejado al cuidado de su abuela y se había marchado a España, donde tenía ya una hermana trabajando y algo situada. Así que dejó a Joselín al cuidado de la abuela con 9 meses justo después del destete.

Joselín había sido feliz, había ido a la escuela, había jugado con sus primos y con los niños del pueblo, había leído y guardado las cartas de su madre que de vez en cuando recibía. Y había recibido todo el cariño y el amor de su abuela una mujer viuda, cansada de trabajar en el campo, pero que vestía a todas las mujeres del pueblo, ya que tenía una especial habilidad para la costura. Lo que le permitía vivir bastante tranquila a nivel económico. !Además el pueblo era como una gran familia! donde todos se ayudaban.

Un día inesperadamente, la abuela falleció de repente y Joselín vino a España con su madre.

Para ella su madre era una perfecta desconocida, su padrastro otro desconocido, al igual que sus dos hermanastros de 7 y 9 años.

Me puse en su lugar, y sentí frío, !frío de verdad!  Hablamos mucho rato, me contó muchas cosas...
Que me helaron más que la nieve cayendo sobre el patio de la escuela; desde donde venían los gritos de todo el colegio jugando con la nieve. Alegres y ajenos a la tristeza que Joselín sentía.

Intenté como pude y con un nudo en la garganta, disiparle aquella tristeza. Y las dos salimos al patio. Sé que sentimos frío las dos, cada una a su manera... Se integró muy bien en la clase, era buena y los demás la acogieron muy bien... de vez en cuando al verla por los pasillos le preguntaba:

-¿Todo bien?

Y ella me respondía con una sonrisa !Todo bien "seño"!

A final de curso marchó para Lérida donde sus padres habían encontrado un trabajo mejor. No he vuelto a saber nada de ella, han pasado muchos años. Pero a veces cuando se pone a nevar me acuerdo de ella.

Hay vidas más frías y duras que la nieve y el hielo.

MARÍA LUISA HERAS VÁZQUEZ

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