Siempre guardó el secreto, aunque existía la sospecha extendida de que él sabía realmente quién se había llevado el dinero. Cuando abandonó el cargo, aduciendo motivos familiares, nadie ignoraba que se fue recompensado por su sigilo. Cinco años de silencio de mármol le proporcionaron un gesto desconfiado y huidizo que fortalecía aún más la sospecha. Y aunque siempre procuró no sobrepasarse en gastos, ni vivir en lujos o derroches, nunca pudo acallar el recelo de que él encubría al verdadero responsable de la trama.
En la navidad de 1990, cuando tocaron a la puerta y abrió confiado creyendo que se trataba del repartidor de pizzas, se encontró con un disparo certero en la cabeza. Una llamada, al otro lado de la ciudad, confirmó el éxito de la operación. A la pregunta de si había habido alguna eventualidad, la respuesta fue contundente: “Ninguna, pero hay que reconocer que, al menos, el cabrón ese sabía elegir las pizzas. Ésta está de muerte”.
Isidoro Irroca
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