Elena volvió una vez más a aquella tetería que se había convertido en su pequeño reducto íntimo durante las últimas semanas, una recreación árabe escondida en un pequeño callejón del centro. En su interior, Elena a su vez desaparecía en aquella pequeña mesa cerca de la barra dejando tras de sí un enorme tapiz que cubría la pared. Allí tomaba su té y continuaba ejerciendo aquella nueva costumbre de observar a la gente, sobre todo para olvidarse de sí misma. Del mismo modo que pasaba horas mirando la televisión, desde aquella mesa observaba a la gente, los grupos de amigos, chicos y chicas, parejas y algún que otro solitario como ella. Trataba de imaginar las conversaciones, los pensamientos, agudizaba el oído para cotillear en las mesas cercanas, sintiendo una terrible curiosidad por saber qué hablaban.
Del libro El instinto capítulo 10 de
VÍCTOR FRÍAS
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