Conozco los ojos con su espada,
la orilla que no duele, intraducible.
Un diamante se hechiza con duendes
y azota reflejos en la sangre,el pubis me convoca
hasta un pulcro fantasma.
Una ebriedad de lenguas
me devuelve el fruto en acrobacia
entre danzas, marasmos.
Soy el grito de Eva que dice:
“Somos animales con máscara visible,
escurridizos para disimular la fecundidad”.
Miro el árbol a contraluz con mi voz casi infiel,
las líneas de esta frente encuentran la mudez.
Me conduzco a una infinitud
donde pretendí ser la madre de esta ciudad,
allí el silencio no era guardar miedo a las infamias
ni escurrir antojos a través de un designio.
La tierra vertida a nuestros pies,
secreto de hacernos más humanos,
toda una semilla era mi infancia
para velar los salmos con números y sombras.
Trazaba el ansia sin nombres ni legiones,
pero esta voz reconoce su génesis
y el camino que llevan los mortales.
No es el lascivo anuncio de una imagen
si mi vientre no oculta su demencia.
Soy la parte frugal, el canto suave
sin una voz pusilánime
para anunciar en mi sexo el sortilegio.
Busco a quien intente seducirme,
él me brinda sus niños, vienen muertos,
se jactan de la vulva
que denuncia el afán por contenerme,
y mis muslos concilian la humedad,
lago diabólico de charlas, desnudeces.
La costumbre hecha un mito se pierde tras el aire.
Qué lluvia se aferra al cristal de mi espera.
No voy a ser infiel, logré encontrar los pájaros,
desandan con mis niños entre ramas,
nadie ve su cruz pendiente como un ciervo,
el ángel al descubrir mi ausencia.
No escondo delirios, me repito que volveré
sin confundir los rostros con el tiempo
ni desafiar relojes al toque de campanas.
Odalys Leyva Rosabal -Cuba-
Publicado en la revista Oriflama 25
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