Salgo de casa, pero cambio de idea y me paro en el umbral de la puerta.
La puerta se queda abierta de par en par y yo me quedo parado dudando. De golpe, desde mi interior, desdoblándose, sale el hombre gris con abrigo oscuro y se pone a andar resoluto por el rellano, baja las escaleras con la cabeza gacha. El hombre gris con abrigo oscuro se va sin despedirse.
Hoy me encontré al hombre gris con abrigo oscuro en la boca del metro.
Estaba allí plantado con una leve sonrisa en los labios. Su gris contrastaba con los colores de la ciudad. Es difícil describir la sonrisa que tenía en la cara el hombre gris, pues no era lo que habitualmente entendemos por sonrisa: era una sonrisa gris. La piel gris, los ojos grises, el hombre gris de sonrisa gris se cruzó conmigo en la calle.
Jordi Jané-Lligé -Terrassa-
Publicado en la revista Ágora 6
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