sábado, 7 de septiembre de 2013

EL MUNDO

El mundo, un rincón en mis ojos cansados.
El mundo, la senilidad de los aspavientos.

Y te haces viejo ante los trozos
de una mosca muerta.

Y la fe destroza el alambique del que pisotea
la rompiente de los charcos.

El mundo, incomprensible como un charco de aceite en las grietas
del suelo de la cocina de un bar.

El mundo, la quimera de garganta profunda que te engulle
y te transforma en el bolo alimenticio de lo que quisiste ser.

GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-

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