A ese Dios tan abnegado,
admirado por imperios,
por esclavos y adorado
en callados monasterios
y en los pozos descastados.
A ese Dios tan abnegado,
le propongo ser la parte
más honrada de este pacto,
la que salga rutilante
de mi juego imaginado.
Hacerle solo responsable
de infinitos dibujados
en perfectos orbitales,
de sus leyes admirables
y saberes elevados.
Hacerle solo responsable
de las flores que han brotado,
de los vientos y los mares
que navegan tan amables
hasta ser acantilado.
Hacerle solo responsable
de los hombres admirados,
las mujeres admirables
y los bellos animales
de vergeles y de pastos.
Y no ser el miserable
que sus bestias han creado,
compilando los retales
de leyendas y legados
enseñados con la sangre
del que muere arrodillado.
Y no ser el miserable
que otorgaba a los soldados
el acero de los sables
en las guerras de sus amos,
y el veneno de la carne
que alimenta a dominados.
Y no ser el miserable
que en el nombre del pecado
sometiendo al ignorante
le convierte en su villano
y en señor al displicente
en el nombre de su canto.
A ese Dios quiero contarle
como sufre aleccionado
este pueblo por velarle,
como el bien se ha disfrazado
de fortunas y brillantes
mientras luchan desgarrados
el errado y el errante.
A ese Dios quiero contarle
como sufre condenado
este pueblo venerante
sin haberle demostrado
quien se puso de su parte
en la cruz de aquel calvario
donde fuimos tan iguales.
A ese Dios le brindo el pacto
que asegure nuestro rumbo,
yo le exculpo del pasado
sin pedirle más a cambio
que abstenerse en el futuro
de morar a nuestro lado.
Eternamente Adiós.
Gustavo González -Valladolid-
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