lunes, 27 de junio de 2016

EL VAGABUNDO


Caminaba bajo la luz amarilla de las farolas, sin dirección determinada, sin camino cierto, con un paso entretenido y caprichoso. Solo al pasar por la tienda de ultramarinos, tras dejar el parque, levantó la vista a un escaparate repleto de comida.  No quiso pedir, a pesar de que el hambre le ladraba con furia en su estómago. Se limitó a mirar el interior. Observó la calidez de la luz, el orden del establecimiento, la sonrisa del dependiente tras el mostrador y al niño empeñado en que su madre le comprara una chuchería. Prosiguió luego buscando las afueras del pueblo, mientras la noche cubría el paso del río y llegaba humedecida dejando atrás su negrura en el bosque.

Cuando alcanzó el filo de la arboleda, buscó un refugio para descansar. Hizo un pequeño hato con sus escasas pertenencias pensando que, a pesar de su pobreza, aún le sobraban cosas. Cerró los ojos y, al instante, un nuevo fantasma habitó el bosque.

Isidoro Irroca

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