domingo, 1 de noviembre de 2015
ELEGÍA DE UN INMIGRANTE A SU MADRE
Tarde era ya aquel aciago día
de aquel lunes de sol y abril.
y en la bóveda azul del espacio infinito,
con su manto sepulcral la negra noche caía.
Tornose en angustia extrema mi partida,
cual eclipse total en conjunción.
Un nudo en las entrañas era el cruel presagio,
del dolor que su ausencia me causaría.
Temeroso, balbuceante, pero con resolución,
a mi preciada madre comuniqué,
que en pos del porvenir a tierra extraña viajaría,
más por siempre en mi corazón la llevaría.
Viendo extendidas mis alas,
absorta por mi resolución,
por experiencia propia sabía
que retenerme ya no podría.
Habíase preparado toda la vida para ese momento,
no obstante sentía que las fuerzas le abandonaban.
¡Qué no daría! por no sentir desagarrarse su corazón,
¡Qué no daría! por no sentir dolor por la punzante herida.
Enmarañada de infinita tristeza,
su semblante esbozaba una forzada sonrisa,
sus húmedos ojos simulaban fortaleza, pero por dentro un alud la sepultaba.
El desborde de las cuencas de mis ojos,
obnubiló y ofuscó mis sentidos,
que apenas podía percibir la luz iluminando
el rostro de mi atribulada madre.
En este marasmo de incertidumbre,
al oír su voz sentí alivio,
y un bálsamo de paz en la firmeza
y convicción de sus palabras.
Hijo mío: retenerte quisiera, más dejarte ir debo,
por tu bien necesitas crecer y madurar,
pues hay asuntos que sólo se aprenden,
en la escuela de la vida.
Confío en que honrarás tus propios principios,
doquiera que vayas, doquiera te encuentres,
no importa dónde, aquí o allá,
en tempestad o calma, salud o enfermedad.
Tras un largo, efusivo e interminable abrazo,
sentí por vez última fusionarse en una,
su alma con el alma mía,
la suya moría, la mía vivía.
No era momento de llorar, sino de reflexionar.
más tarde seguramente en su cuarto se encerraría,
para llorar hasta desahogarse cada día.,
y para dar rienda suelta a su dolor.
Luego arrancaría dádivas y protección del cielo, en favor de su vástago ausente,
muriendo un poco con cada hijo que se fue,
viviendo en sollozos con cada hijo que le quedó.
De pronto un estruendo inaudible,
fracturó en pedazos mil, las ataduras
del nidal que tanto amaba,
y me sentí ave, me sentí viento, me sentí libre.
Tantos años guarecido bajo su lecho,
tantas veces alborotando su regazo,
y tantas lágrimas horadando mis recuerdos,
que extrañaría todo.
Desde el lugar preferente en la mesa, hasta los más bellos matices de la puesta de sol,
cuando sentado en la gran piedra del portal, embelesado,
levitaba con cada pincelada maestra del Creador.
Engalanados los colores se daban cita allí, en el ocaso,
para agonizar en un rojo intenso y esplendoroso.
difuminando el ígneo carmín, hasta el negro crespón.
cual post ludio del día y preludio auroral del mañana.
Llegó la hora de la partida y tras un breve hasta luego,
que finalmente fue el adiós definitivo,
seguro estoy que una afilada daga,
sigilosamente su costado atravesó.
Mochila al hombro y agitando las manos en adiós,
me aleje en un mar de desconsuelos.
solo me quedaba llorar, y lloré y lloré,
hasta que extenuado, el sueño me cobijo en su regazo.
Ahora era libre, libre, pero me sentía atado.
mañana volvería, sí, mañana.
y efectivamente fue así,
un mes, dos, luego tres,...
Un un año y otro año raudos pasaron,
desprendiéndose como hojas secas del árbol frondoso y alto de la vida, hasta que finalmente,
en el otoño de mi existencia, ya ni pude volver.
Cada vez que sorpresivamente regresaba,
entreabierta la puerta encontraba,
y tras ellos, unos brazos abiertos y extendidos,
(Como si hubiesen sido crucificados).
Entonces comprendí, que así crucifican a su madre
los hijos que se van
y con cada ingratitud, la vuelven a crucificar, muriendo de a pocos, muriendo en silencio.
Muchos años han transcurrido,
de los que aún guardo memoria,
y cuanto más recuerdo,
más añoro y más deseo estar con ella.
Así como una vela encendida da luz y calor,
cuanto más alumbra, más se consume,
así hay heridas que minan y calcinan,
y amores que roen y consumen.
Cómo añoro los años de mi niñez, en que jugueteando a su sombra,
mis diabluras incrementaban su dicha,
y mis halagos y promesas le inspiraban ternura.
Que dios te dé vida y salud a plenitud,
para que se cristalicen tus buenos deseos" - decía.
¡Ah, tiempos aquellos, adolecíamos de todo,
todo nos faltaba, y sin embargo parecíamos tenerlo todo.
Y seguirá pasando la vida,
y yo seguiré en mi madre pensando,
como un cristalino río discurriendo
en silencio a encontrarse con el mar.
Un año y otro año gracias le doy,
porque al teléfono oigo su voz,
o noticias de que la han visto bien,
alivian mi atribulada conciencia.
La idea de una mala noticia me aterra,
se que ocurrirá tarde o temprano,
hoy, mañana o pasado,
solo el Señor sabe cuándo.
Lo único que a Dios le pido, es ser yo su hijo ingrato,
paria y sin nombre, poder cerrar sus cansados ojos,
sentir su último hálito,
y hasta tal vez oír sus últimos consejos.
Vive tu vida lo mejor que puedas,
encamina la de tus hijos para que vivan bien,
porque aquel que vive de prisa, no vive de veras,
y aquel que no echa raíces, nunca dará frutos.
Entonces con ella descendiendo al frío profundo,
parte de mí se quedará con ella en la tumba fría,
y una doble porción de ella se quedará conmigo,
porque ella es el alma de mi vida.
Y quizá para entonces, yo ya viejo, roído, encorvado,
y desgasto por los años, un día crepuscular,
del cual aún no tengo el recuerdo,
me cubrirán de tierra para siempre mis hijos.
Sin más atavíos que mis recuerdos,
sin más Réquiem que el haber amado,
pero con la imagen indeleble de mi madre,
en cada fibra de mi enmohecido corazón.
Entonces al salir del mortal a la divina luz,
en un jardín de ensueños, estarás allí como antaño,
con los brazos abiertos y extendidos para abrazarme,
Y con ósculo santo, darme la bienvenida.
George Rivas Urquiza -Perú-
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