En un pueblito perdido,
al pie de la sierra aquella,
vino el Quijote a encontrar
a su adorada doncella.
En el castillo encantado,
de lujo, cual cinco estrellas,
en patio todo de mármol
quiso el azar que la viera.
Estaba sentada al fresco
de charla con un amigo
sus ojos daban la luz
que alumbraban aquel sitio.
La tarde estaba preciosa
el sol se escondía de ella
nunca supo don Quijote
si era moza o princesa.
O tal vez fuera una diosa
bajada del firmamento
para darle a aquella tarde
todo su adorno y contento.
Su corazón le brincaba
en trémulo palpitar
cuando sus ojos mirara.
Ojos de color de mar.
Y las aguas de la fuente
que aquel castillo tenía
le prestaron a la niña
brillantez y lozanía.
Al interior del castillo
encontraba alojamiento
todo el que fuese hasta allí
fruto del encantamiento.
Una ventera muy fina
recibía a los clientes
ofreciendo los servicios
que tienen para las gentes:
Salones de varios siglos,
fotos de un emperador,
sofás de arte y prestigio,
escaleras de color,
baños de aguas sulfurosas,
piscinas de agua caliente,
masajes para los pies
al que camina valiente...
Mas todo a él le sobraba
que solo con ver los ojos
que su cara iluminaban
le quitaban sus enojos.
Sin saber si era verdad,
o visión imaginaria
su alma llegó a rezar
para el cielo esta plegaria:
“Por los clavitos de Cristo
que me pueda yo olvidar
de la moza que hoy he visto,
o me llegaré a enfermar”.
Fueron solo unos instantes
lo que se atrevió a mirarla,
pero era tal su belleza
que jamás podrá olvidarla.
II.
(Así habló don Quijote)
En el castillo encantado
la pude yo contemplar,
su pelo como la noche
y sus ojos como el mar.
Yo la encontré, sin buscarla.
En mis sueños la veía,
y quiso la suerte mía
que el azar me la mostrara.
¡Qué bien mereció la pena
entrar en ese lugar
donde encontré yo una diosa
que del cielo fue a bajar!
Impresionaron, sus ojos,
a mi viejo corazón,
y lo negro de su pelo
me ha robado la razón.
Me miró, yo la miré;
nuestros ojos se cruzaron
y sin saber bien porqué,
nuestras miradas hablaron.
¡Es que ya se conocían!.
Y, desde el fondo, se vieron
expresando, en claro día,
lo que idearon los sueños.
Que las mujeres, para eso,
tienen un sexto sentido;
saben cuando alguien las mira
y está del amor herido.
De sorpresa y complacencia
fue su gesto y su sonrisa...
Con purísima inocencia,
yo le entregué el alma mía.
Sé que estaba acompañada,
pero a mí no me importó;
porque siquiera soñaba
que le interesara yo.
Ya que, ni el azul del cielo
tuvo tanta claridad
como la tienen sus ojos...
¡Jamás se vio tal beldad!.
Y yo la quise olvidar
y evitarme sufrimientos.
Intenté que se alejara
pronto de mis pensamientos.
Mas heme aquí hasta altas horas,
dolorido y desvelado
por el azul de sus ojos.
¿Será que me he enamorado?...
¡Ni los ángeles del cielo,
pude yo soñar así!.
¡La blancura de su piel,
que existiera, no creí!.
¡Cuánta finura en su cara!
¡Qué perfección de perfil!
¡Ni la Virgen de Murillo,
puede ser hermosa así!.
¡Qué tarde tan luminosa!
¡Qué marco tan ideal!
¡Ni la más hermosa rosa
se le podía igualar!
¡Qué labios de perfección!
¡Qué cuerpo tan singular!
¡Qué estilizada figura!
¡Jamás se vio nada igual!.
¡Ni los mejores pintores
pudieron imaginar
su figura tan hermosa!.
¡Quién la pudiera gozar!.
Ya me conformo con verme
mirado por sus ojazos,
y poder, sobre tu piel,...
¡Al menos, poner mi mano!.
Más, ¡seria la gloria pura!.
¿Cómo admirar su sonrisa,
si yo no la vuelvo a ver?
¿Más nunca tendré esa dicha?
Pero... ¿existió ella de hecho?
¿o sólo fue un desvarío
que fruto de mis anhelos
ideó el corazón mio?.
Pedro Jesús Cortés Zafra -Málaga-.
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