Cuando Tomás ya se hubo marchado aquella poca de luz logró entrar a través del cristal y encendió el rostro de Isabel que sacudía su sueño y, entre unas pastas y un café bien hecho iba hilando sus pensamientos acomodándose al nuevo día. Le quedaba una larga jornada en el trabajo, tendría que hacer un estudio pormenorizado de las necesidades informáticas de una empresa para su modernización, y en el plano familiar, debería volver a casa y almorzar con su hija que hacía tiempo que no veía. Era su pequeña, no se hacía a la idea de que se hubiese casado, ¡la sentía tan joven y vulnerable!, no quería darse cuenta de que se había convertido en toda una mujer, tomado las riendas de su vida y además esperaba un hijo. No había cumplido los cincuenta y ya le iban a hacer abuela. Por una lado le parecía ser mayor, pero por otro ardía en deseos de ver a su criaturita, a la que ¡iba a mimar, a darle tanto cariño!, la esperaba con tanta ilusión que no cabía en su gozo de tanta satisfacción.
En la residencia todos estaban esperando la llegada de su muy querida Belén, con sus grandes dosis de humor hacía que los ancianos se sintiesen apreciados . Mientras tanto esta se encontraba luchando por abrirse paso en la mañana y modelando su figura con unas sesiones de gimnasia matinal, así iba despertando de su letargo dominical. Todavía sentía en su cuerpo el aroma que Andrés le dejó impregnado en la memoria, aquel olor le hacía recordar lo sublime que había resultado la experiencia del fin de semana, que estaba segura se iba a repetir y que en esos momentos le hacía subir la temperatura de sus pensamientos.
Por fin el sol dio su bienvenida todo comenzó a encenderse, por fin se pudo contemplar la mañana. El atasco era inevitable y la paciencia de los conductores se cuestionaba a si misma a ritmo de procesión, los puestos de trabajo esperaban con calma para ser ocupados, se demoraban sus inquilinos, enfrascados en adelantar al tiempo para luego perderlo machacando sus neuronas. Las universidades llenas de conocimiento empeñadas en conseguir trasmitirlo a las mentes sedientas de sabiduría, esperan llenar sus aulas, nuevas torres que se elevan reclamando protagonismo en un mundo en miniatura, dan la bienvenida a aquellos que desde lejos las van observando y ven como la vista les juega una mala pasada y haciéndoles creer que han llegado pero que sin embargo todavía quedan lejos en el tiempo.
Del libro Tras la luna de otoño, una estrella de
MIGUEL URBANO PERALVAREZ.
No hay comentarios:
Publicar un comentario