Cuando uno dice adiós un millón de veces
un laberinto de saliva recorre las huellas digitales de la memoria.
Decir adiós es llenar los bolsillos de arena
y pegar cabezazos al aire mientras caminas
boquiabierto porque nunca sabrás explicar
que tus demonios son parte del fin.
Nunca es fácil decir adiós
y ni si es peor aplazar lo que no tiene remedio.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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