“La hamaca se había convertido en su refugio.
El había vivido fecundo en sus días ilusos y
abundantes…los vientos siderales acunaban
siluetas en irreversibles formas sin inmutar
la inerte sensación de su cerebro. Ya se habían
ido los momentos de viril armonía y todo parecía
estar escrito en diatribas de versos infinitos.
Escribía. Escribía con constante premura, y solo
de las cosas que habían quedado sueltas sin atajos
de dolores y sin la atadura de amores perdidos,
ya sabido que el albedrío de las letras le traian
calma y armonía a su cuerpo. Escribía con prisa,
a veces solo lanzando palabras escogidas a la brisa,
a veces en forma de un manuscrito corto, fragmentos
sin pausa.
Escribía sin miedo; con el débil aliento de su alma, con
el bosquejo de su cuerpo, en el laberinto de sus letras,
siempre dejando una oración abierta para acomodar
al próximo verso. Inquietos versos se le aproximaban
en el borde de la incertidumbre, en el precipicio de su
vida, que ya se notaba, que se sentía invalida como
un suculento beso perdido en sus labios que ya se
había ido y había caído vencido en el olvido.
Escribía porque escribir le llenaba de una sensación
que no provenía de nada sino solo de lo abstracto de
sus convicciones y de la espontánea inmadurez de sus
emociones. Escribía con la libertad del que no sabia lo
que hacia. Solía sentía el amor envuelto en letras, al
cielo desbocarse en una pagina sin temor a morir
encerrado en la belleza de lo abstracto y bajo el augurio
de una indescriptible metafísica
JAY JAY
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