lunes, 17 de febrero de 2014

CUANDO EL CIELO


Cuando el cielo
se tornó gris
le echaste
la culpa a las nubes
y te engañaste
mirando al suelo.
Tus ojos, pesados,
cenicientos,
no volvieron
a levantarse.
En vez de luchar
por lo blanco y azul.
Compraste
un paraguas
y dos sombreros.

Se oyó, terrible,
el primer trueno
y te dijiste a ti mismo
que no había peligro.
Con tu chubasquero
de tapones, cera de oídos,
recién comprado,
nunca te golpearía
su tambor de ecos.
¡Sonaban muy lejanos!
¡Pasarían de largo!
Creció la tamborada
retumbó el aire mismo,
llevando la vista baja
y sordo voluntario
no oíste nada.
Seguiste tu camino,
ajeno al estruendo
y mirada cabizbaja.

Con las gotas primeras,
quisiste ver llovizna
y negaste
la tormenta.
No quisiste ver
la evidencia.
Los rayos,
dibujando
letras de muerte
con sombras chinas,
aprovechando
los chispazos de luz
de las imágenes
esperpénticas
del relámpago.

No quisiste ver
el tronco herido,
ni el baile de rejas
emboscadas
en las cárceles.
Negaste la vuelta
al pasado,
con su vara de castigo
y el horizonte velado.
No oliste el incienso
de la sotana disfrazada
que se alimenta
de almas desesperadas,
usando de cubiertos
los crucifijos.

Negaste la Luna presa,
la escarcha derretida,
el olor a libro censurado,
la jaula con tu nombre
y la risa libre y descarada.
Te arrastró el viento
traicionero,
el huracán interesado,
la tempestad estratega
de la avaricia asesina
y la indignidad humana.
No era tuya la sangre.
no era tuya el hambre.
Tú, te dices ahora
para excusarte,
ya con las manos atadas,
que no lo viste venir,
que ni siquiera estabas.

Miguel Rubio

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