Están las luces de la calle tristes.
En sumisión se inclinan, y abandono,
sobre los transeúntes,
que rara vez logran alzar los ojos.
Mastiles son del barco que no zarpa,
pero que sigue absorto
en su perenne anclaje,
como lo están los olmos
en cada litoral de la alameda,
gran armada sin rumbo ni retorno.
Están, sencillamente,
como a la espera del propicio soplo
de los vientos alisios. El velamen
rizado apenas por gentil retozo
de la brisa en susurro entre las ramas.
Los mástiles de hierro, luminosos,
desprovistos de velas,
sin sueños ni esperanzas, en reposo
permanente, carecen de temblores,
más que estatuas hieráticas, esbozos.
Pero iluminan cada noche el paso
de cuantos van y vienen, cuyos rostros
nunca elevan sus gracias a la altura
con cierto guiño cómplice de apoyo.
Firmes, inalterables, encendidas,
e ignoradas de todos.
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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