Ella se quitó los zapatos y los puso en su bolso.
Se dirigió a la cocina descalzos, ella no quería que el hombre viejo para oírla, y al pasar por ella se asomó a él tendido en el sofá delante de la televisión, con los ojos cerrados, el tubo se aferraba a su apestoso amarillo bigote.
Él va a cuidar de ti como si fueras su propia hija , su madre le había dicho. Y ella tenía razón.
Pero nunca se me va a tener en esa habitación inmunda, le dijo para sus adentros. Nunca.
Ya en la cocina, encendió el gas de la cocina de gas. Y hacia la puerta de entrada, ella lo miró por última vez: él no se había dado cuenta aún.
Una vez en la acera, puso sus zapatos.
El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía contener la clave. Ella lo agarró con las dos manos y la bolsa cayó.
Y antes de que ella fue capaz de poner la llave en la cerradura, el anciano había ya aumentó la presión sobre el pelo y arrastraba al interior.
Claudia Cortalezzi -Argentina-
Publicado en Ficciones Argentinas

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