jueves, 13 de diciembre de 2012

EL LUGAR ESCRITO


Su sueño era viajar a aquel lugar mágico, donde las historias recogidas en su mente se burlaban de lo posible, hurgando en lo macabro, lo exótico y paranormal. Ese lugar donde un payaso asediaba a los niños y una tormenta desaparecía a una isla entera. Ese sitio de faros, de bosques y pequeñas bahías, de fríos intensos y miradas gélidas. De asesinos y seres sin nombre. De pequeños que crecen pero siguen siendo prisioneros de sus tormentos. De una búsqueda inalcanzable, hacia una torre que todo lo enlaza.
Cada vez que cerraba un nuevo libro, nombraba el sitio en voz alta, como si eso lo predestinara a ese
viaje. Es que tarde o temprano se produciría, lo sabían muy bien. Al cerrar los ojos contemplaba un
paisaje que conocía como la palma de su propia mano, imposible de confundir. Y al abrirlos, no dudaba
en decirlo en voz alta: Iré. Se sentía parte de aquella región del norte, como buen lector de sus historias. Ir sería volver a casa. No sabía en cuál de todos los libros comenzó a sentir pertenencia, y tampoco le importaba. De lo único que estaba seguro, era que aquel era su lugar en el mundo.
Cuando se lo decía a sus conocidos, estos se reían. ¿Quieres conocer a King?, le preguntaban con sorna.
Pero él guardaba silencio y sonreía sin resignarse. ¿Conocer a King? ¡A quién se le ocurriría! Ese hombre era tan solo el mensajero. El quería llegar a las entrañas de esa tierra, enterrar sus manos en el fango y encontrar las raíces de su existencia.
Y transformarse en un ser más, en un monstruo más de esa geografía, saciar su sed de sangre, esa que lo llamaba tras la vuelta de cada página, buscando el final soñado, bajo la lluvia de Maine, en una noche de otoño fatal.

Ernesto Parrilla (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura 123

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