domingo, 16 de diciembre de 2012

CONIL VISTO POR ROMERO MURUBE EN 1959 (1)


Algún día entre los días escribiremos la novela de Conil de la Frontera. Será una novela fácil y difícil a un tiempo. Muy escasa de los argumentos que gustan ahora. El mar, la vida y sus hombres. Nada más ni nada menos. La escena, en un pueblo blanco, de arquitectura morisca, en las cercanías del Estrecho, desde donde Andalucía ve «la costa del moro». Y en este pueblo, un mundo sencillo, vario y apacible. Los problemas eternos, sobreentendidos: nada de morbideces psicológicas, ni esa labor de polilla intelectual por los entresijos de las venas del cerebro. Sano y racial galdosianismo. Los distintos capítulos de Conil -bueno, de nuestra novela- irán centrados por las figuras representativas de cada época. La más antigua -cuando el hundimiento del «Reina Regente»- será la viuda del general Miranda... Doña Antonia. Siempre vesti­da de seda negra, tan abundante en pliegues y óptimas calidades de tejidos, que al ir por la calle, su traje, en el roce del caminar, producía siempre un ruido acompasado y solemne. El cuello, con un tul también negro, sostenido has­ta muy alto por unas ballenillas de hueso. Y como siempre se la veía así, uno llegaba a sospechar que estas ballenillas correspondían a la propia anatomía, ya un tanto tumefacta, de la empinadísima señora. Muy reverenciosa de modos y palabras. Cabellos de un blanco amarfilado. Estirada, finísima y dulcemente altanera, no por orgullosa condición y sí por la alta jerarquía de su entorchada viudez. La gente chillona y descarada de la Puerta y calle de Cádiz le llamaban siempre «la generala», quizá porque todo su atuendo y empaque parecía montado a toque de corneta...

Publicado en el blog José Velarde Yusti

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