Contemplo mis poemas, sin leerlos,
y agudizo el oído. Por sus calles
angostas, rectilíneas,
de versos desiguales,
se perciben minúsculos latidos,
de muy variada intensidad: Afables,
con la sedosidad de la calandria
temblando bajo el chal de su plumaje;
rebeldes otros, vanidad de altura
que les concede un porte petulante;
los de ritmo febril, acelerado,
como en celebración, casi palpables;
y aquellos diminutos, encubiertos,
que en gotitas de llanto se deshacen.
Todos han sido míos, pero ahora
tienen su vida propia, su carácter,
expresado en palabras que, aunque mías,
las hacen suyas propias. Y si laten,
es porque hay vida en ellos, y recuerdos,
y pequeñas tragedias, tal vez grandes,
y éxtasis y delirio y turbulencia,
compartidos con almas similares.
Y laten más apresuradamente
cuando el lector los ve espejos de sangre,
reflejando las propias desventuras,
vulnerabilidad, complicidades.
Tal es mi galardón, que cuanto escribo
encuentre un eco vivo en cada carne,
cuyo estremecimiento certifique
su igualdad a otro espíritu; que nadie
es una isla perdida, porque todos
somos almas afines, palpitantes.
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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