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lunes, 25 de marzo de 2013

PRÓLOGO


de Gerardo Lewin para edición-e y quinta edición soporte papel del poemario “Tomavistas” de Rolando Revagliatti

...asiste al transcurrir de las otras vidas / Asiste incluso /  al transcurrir de la propia.
En la novela fantástica de Bioy Casares "La invención de Morel", un náufrago asiste a un improbable teatro de sombras mecánicas. En la contemplación de ese artilugio conoce a una mujer (la imagen de una mujer) de la que se enamora. Para lograr ese amor (la apariencia de ese amor) lleva a cabo lo que en la moderna jerga artística se denomina intervención: el náufrago se introduce, subrepticio, en la trama de esa realidad fantasmagórica. Le resulta indiferente o anecdótico el que tal operación suponga su propia muerte, ya que ahora forma parte de una historia que lo incluye y lo trasciende.
Como se dice en bibliotecología: / no es clasificable
En los últimos años, en candorosos encuentros poéticos under, solían celebrarse lides de imitación del "estilo Revagliatti". No he de mentir: también yo, con variable fortuna, participé de esas chuscas aproximaciones a la obra que hoy me toca presentar. Es sabido que el imitador busca acercarse a su modelo. ¿Qué intentaba atrapar con esos torpes remedos? Aún hoy, no lo sé. Sospecho que quien sólo ve en Rolando Revaglatti una "performance" ligada a lo gestual o a un cierto modo de decir ve la mitad del paisaje, la felicidad de un instante. Es posible que la obra (las palabras que irrumpen libres desde el texto) le resulte extraña, oculta. Irónicamente, superflua.
Equilibrio entre este espejo factible / y ese otro, improbable
Tal, de algún modo, el cabo suelto de lo que podríamos llamar la paradoja Rolando Revagliatti: quien se acerque a su obra escrita después de presenciar a su obra "dicha" está condenado, si no a una decepción, por cierto a una trabajosa relectura: es difícil demoler un clásico. Déjenme anticiparles que vale la pena. Puede intentarse un esquema simplificado: suponer que coexisten dos artistas conjugados y distintos. Llámese Revagliatti al primero, al "recitador argentino"; en tal esquema bien podríamos designar como Rolando al autor oculto, casi secreto. Al poeta.
con la naturalidad y hasta simpleza / que me caracteriza
Revagliatti se confiesa ante nosotros, la barra de amigos que con ineficaz e inclaudicable envidia lo escucha. El se ha acostado, quizás contra su voluntad o en amores mercenarios con Kim (Novak y/o Bassinger), con Anouk, con Sharon y con Stefania... ¡Si sabré qué padecer es el de las rubias / lascivas! En su particular humor de mesa de café, los relatos transcurren en escenarios exóticos, extraños, lejanísimos. Revagliatti, canchero, nos permite colarnos a esos mundos mediante el idioma (que nos es) común. Así, desfilan policías en curda, heterosexuales turros, zoncitos en corazoncitos, rimadores amasijados en pelotas, morondangas... En el mejor momento, Revagliatti nos guiña y nuestro corazón se alboroza porque sabemos que viene el chiste, como cuando retuerce el fino cuello de la actriz hollywoodense  o cuando fotografía a la artista tropical de varieté / pulposa. En medio de la actual proliferación de poesía supuestamente amatoria, trasgresora o sencillamente desfachatada, Revagliatti hibrida elegantemente géneros, maridando ironía, erotismo: Satisfaciendo al sensible señor / una chica lo que se dice / corta de faldas. Qué fineza, qué toque amable de sutil chanchadita.
Es / en soledad / donde es
El otro, Rolando, es el que permanece. Nuestro gerundioso amigo es el náufrago que elige quedarse para la eternidad en la isla de Morel, no preso ya sino entregado a la fabulosa, inexorable máquina de imaginar. Sospecho que Rolando, al contrario de Revagliatti, no nos necesita. Los contornos de su personaje son vagos, de difícil sujeción, un rostro en disgregación que buscara adaptarse, proteico, al tipo de materia que conforma los sueños: Cualquiera de nuestras enrarecidas atmósferas.
¿Qué podemos afirmar acerca de Rolando? Poco. Aparece ante nosotros como un fantasma, un incorpóreo (tener una vida / por fin y sin embargo) fugaz (Así es él, de mundo, aun en las malas / huyendo, ocultándose), un ser que percibe un mundo oculto (No me imagino / más / que a un cierto / canto / envolviéndolo / todo) con novedosos sentidos (Dios ama / la voz de mi mente). Como en una parábola cabalística de sabios que intentan ingresar al paraíso místico: no todos consiguen entrar, no todos logran salir. Sorteado el peligro de haber fallecido casi sin abrir el alma, debemos permanecer en el equilibrio entre este lado de acá del simulacro / y la parodia contigua donde quizás podamos encontrar al sosías, al siamés parodiador Revaglatti. Al cerrar el libro, la pregunta queda, insidiosa, desesperada: ¿Cómo es / donde no es / acá?
Y aprende a despedirse el invitado
Al aceptar el encargo de estas líneas, dudaba acerca de mi capacidad para descubrir o describir algún aporte significativo, una verdad secreta cuya revelación sorprendiera, si no al mundo, mínimamente a los amigos. Compruebo ahora, con tranquilo deleite, que tenía razón en dudar:  fui felizmente derrotado por la dupla Rolando Revagliatti.
Hasta aquí llegó mi amor. Caro lector, te abandono sin más. Como decía la propaganda de Malboro: donde comienza la aventura. Te deseo, en gozosa complicidad, mi misma suerte.

Gerardo Lewin -Buenos Aires-

miércoles, 18 de julio de 2012

ROLANDO REVAGLIATTI EN SU MUNDO


Rolando Revagliatti es un conocido poeta de Argentina. En su libro Propaga me encuentro con una voz que intenta superar los límites del idioma. Susceptible, como todo poeta, duda de su dicha y de la dicha ajena. Se defiende de la vida que pasa a veces tan dolorosamente por la gente, con versos feroces.
Con delicadeza tan detallada como ardiente, su lenguaje toma la forma de todo cuanto existe. Al mismo tiempo va trazando el camino de su mundo, los espejos de su existencia, con una poesía que a menudo nos toma desprevenidos. Lo suyo no es modernismo, ni romanticismo, obviamente, sino una pareja manera de dar vida a esa vigorosa fuente de su talento tan inquieto. Se retrata a sí mismo, y retrata a los demás, con poemas fuertes, rotundos, radicales, despiadados casi. Es el poeta que se hace a sí mismo cuando escribe el libro El Revagliastés. Es el poeta que busca todas las formas, todos los caminos, y resume la distancia entre el ser humano y Dios en la nada.
Rolando Revagliatti nació con la suerte de la poesía. Las puertas de sus versos se cierran y otras se abren rápidamente a medida que avanzamos en la lectura de su obra. Tiene vocación, íntegra, total, para vencer las altas y altaneras paredes del Arte. Se hace pues, Revagliatti, el protagonista de sus propios poemas. La sórdida tragedia que todos los días es noticia en los periódicos, nace y renace en sus breves poesías, frágiles, humanas, definitivas.

FUMAR SIN PLACER
Me odia
un poco menos
que antes de haberme
ejecutado
Mi descuartizador
sin mirarme
fuma
todavía irritado
entre mis disímiles
secciones
El fracaso
-o filo de esa noción -
lo decapita
Un poco menos que antes
de haberme ejecutado
me odia.

Rolando Revagliatti

Escrito por Delfina Acosta en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)

sábado, 21 de julio de 2012

PRESENTACIÓN


Presentación del libro “Estigmas Desechos” de Mónica Angelino
concebido a partir de poemas de Rolando Revagliatti

 Palabras de Carlos Kuraiem

 Los poetas

          Rolando Revagliatti irrumpe ferozmente en la escena poética del país en la década de los 80, sus poemas son tomados y publicados rápidamente por centenares de revistas, suplementos y otros formatos de ediciones, algunas de renombre y otras llamadas under o del margen; tal vez sea el poeta contemporáneo más publicado en un medio gráfico, no sólo porque él no ha cesado un momento de enviar sus poemas a todas partes para compartirlos sino a la atracción que a primera lectura producen sus escritos; y esto sucedía cuando todavía no había llegado la computadora ni internet entre nosotros y los envíos se hacían por carta común entregada en mano por el cartero; un trabajo arduo pero grato y creativo era escribir unas líneas a un destinatario de ésta o de otras tierras, cerrar el sobre con el libro o las hojas sueltas con textos inéditos en su interior, caminar hasta el correo y despacharlo; y no es un tema menor, ya que quien no sabe narrar una carta menos escribirá poemas ni historias ni libros. La gran generosidad de Rolando lo ha llevado a valorar y difundir de la misma manera la obra de los poetas amigos, ya sea acercándoles publicaciones o enviando él mismo los textos de otros autores a distintos medios del país y el exterior.
          Revagliatti es de la ciudad de Buenos Aires, sin embargo sus poemas están impregnados de las orillas, es un tanguero con gran conocimiento del lenguaje del argot, hermanado con las letras de la canción ciudadana, los poemas de Girondo, Olivari, Tuñón y Centeya, sólo por mencionar algunos nombres detrás de los cuales marcharon después los poetas del 70 y la canción que siguió siendo la misma resonando en nuestros oídos. Revagliatti sale a escena como un poeta de vanguardia -al menos en sus inicios llegaba con ese perfil a los lectores que recién lo descubrían- y es sobre todo, un poeta comprometido con la denuncia, decidido a desenmascarar la farsa de las convenciones sociales, de la que no se salva ni el mundillo literario ni los poetas -sus pares- de su decir histriónico y sus versos implacables.

          Mónica Angelino, fue y le gusta seguir siendo una “alumna aplicada”, y aunque ya hace rato dejó de ser alumna regular, ella sigue yendo todos los días a la escuela de la Poesía, así como se humilda en el poema lo hace en la vida, en la relación con los demás. Vecina de General Rodríguez y poeta de todos los lugares, su amor y laboriosidad no tienen límites: desde la confección artesanal de sus propias publicaciones que inicia en el 2007 con su libro “El Vuelo” , “Ruidos de la Sangre” en el 2010 y ahora “Estigmas Desechos”; el cuadernillo de distribución gratuita “Poesía Pan Caliente”, su impecable blog “fondo oscuro”, su programa de radio “Parasubidas” (donde la poesía oral en su voz y en las voces de quienes la acompañan juega un papel importantísimo a la hora de transmitir versos e historias y testimonios durante dos horas al aire), la participación junto a otros escritores de la zona en el café literario “Cazapoetas” y el desafío de ser socia fundadora de UDER (Unión de Escritores Rodriguenses), todo esto habla de su compromiso que la llevará a escribir en algún momento de este libro: “de este sueño / ¡no me bajo!”.
          En “Estigmas Desechos” los poemas de Mónica Angelino exceden sus temas de origen, la “anécdota” de su filiación con la poética de Rolando Revagliatti y el homenaje al maestro, que está más que cumplido. Angelino marcha sola, lleva el freno en la mirada y la contundencia en cada verso; cada poema es un valioso aporte al insondable universo de la sensibilidad. En todo el libro resalto una correspondencia sutil y lograda por la autora con su “modelo-autor”; a veces son un dueto que tallan en contrapunto de voces, otras un silbo azul que se llaman y se contestan, otras es un solitario donde cada uno discurre y galopa junto al otro como buenos parejeros; leyéndolos a ambos he dudado dónde empieza Angelino y dónde continúa Revagliatti, encontrando en su lectura el invento de lo maravilloso. Los dos autores -en paralelo- son un coctel fuerte, explosivo, más aún que el que los malones de jóvenes suelen beber en jarras transparentes los viernes y los sábados en los boliches; seguramente muchos de ellos no se animarían a probar el licor que destilan estos versos por miedo a “perderse” para siempre en un banco de sensaciones, de las que sólo se vuelve siendo otro; y lo único que cambia y nos cambia es un libro, lo afirmo: nadie es el mismo después de leer un libro; hay un antes y un después de esto, con un libro leído (aprehendido) uno se modifica aun sin quererlo.

La poesía

Ella, entre maderas y diamantes, sabe.
Bajo las cenizas, resiste el fuego, la poesía elije, entre todos, al que tiene algo para decir, al que sabrá alojarla en sus manos, volcarla en la hoja y entregarla a los demás hombres.
Una mesa, un libro de papel, un nombre y un amigo, una amante, un sueño que no se vende, una canción que nadie compra, hacer el amor o un poema es lo más natural.
Dejar que el mundo nos asombre, que la vida se desvista de a poco, yegua morena de dientes como joyas.
El poeta, herido por cada minuto de día, fraterno con las vidas que laten junto a él, abrazándonos con su airada melancolía, un papel y una voz. Ninguna otra cosa se necesita para «vaciar todo el cargador» contra los poderosos.
Sacar bien de adentro un canto claro y sincero, rico en destellos, abierta mano o cerrado puño, resistir en cada desencuentro las envestidas del olvido.

 *Leído por Carlos Kuraiem el 17 de abril de 2011 en “Un Tiempo Cultural” de General Rodríguez, provincia de Buenos Aires, la Argentina.

jueves, 19 de julio de 2012

ELLA ADUJO


Fernando Sánchez Zinny
a propósito del poema
“Ella adujo”,
de Rolando Revagliatti

Ella adujo

-Estoy interferido, es por eso-

musitó él
presa de confusión

-Ganado que hubo el más mejor
amado mío
sólo te resta
reconocer la derrota-

adujo
con sosiego exultante
la interferencia.

Carta a Rolando Revagliatti

Querido amigo y correligionario:
Inhibe algo hablar de ciertos poetas a los que se conoce y esto es debido, justamente, a ese relativo conocimiento. Porque la circunstancia hace que uno no disponga en favor de ellos de esa cuota de imprecisión que convierte a un hombre en digno de incertidumbre, que es el mayor galardón del destino. Se dirá, por supuesto, que no hay para qué hablar de los poetas Fulano o Mengano sino que lo que se nos está pidiendo es que abordemos los poemas con que se presentan y que si aquellos viven –al menos para nosotros–, bajo torrentes de luz, esa luminosidad no tiene por qué abarcar, asimismo, el territorio secreto en que se articulan las sílabas y las palabras se transforman en campos de la batalla ominosa. Admito que el argumento tiene valor a propósito de algunos autores y de determinadas obras. No es, para mí, tu caso, el caso porteñamente arquetípico de Rolando Revagliatti: cuarenta años de contemplar no sin asombro tus entusiasmos, pertinacias y nobles ingenuidades acreditan indiscretamente no sólo nuestra mutua edad sino, también, una similitud de fondo que me hace temerte. Porque Rolando soy yo o, mejor dicho, Rolando es todos los que seguimos ese camino que el tal Revagliatti recorre con pasos de Arlequín.
Tu poesía parece coloquial, pero no lo es; tu poesía viste a menudo la ropa de la ironía, pero no es irónica. Tu poesía es siempre idéntica y monocorde y, sin embargo, abarca una totalidad cotidiana de la que nunca alcanzaremos a verlo todo; tu poesía se va en chistes y en juegos de palabras y, no obstante, está repleta de desencanto: tus burlas no son sino las ansias de una sensualidad que se sabe raíz de la desolación.
Ensayar tu merecido elogio se diría que debiera contener tres o cuatro ingeniosidades del tipo de “la luna es el ojo lagañoso de una amante que se despereza”. Pero qué vamos a hacerle, Rolando, no me salen y no porque no me vengan a la cabeza amables asociaciones  por el estilo sino porque, de antemano, me suenan a falsete. Mejor te gloso: “Estoy interferido”, decís por ahí y luego reconocés que esto lo coloca a uno en calidad de entregada “presa de confusión”. Aunque –puntualizás– es un despiste momentáneo porque a continuación queda anotado que “sólo resta reconocer la derrota”, pero esta aserción no es en sí tuya, sino que la “adujo con sosiego exultante la interferencia”.
¡Ah, hablaba la interferencia”, o sea ese diablillo que hace que la racionalidad no exista… Claro que sí. Verás Rolando, cada hombre, cada época, cada casualidad, tienen su pecado y es bueno que así suceda porque tal residuo religioso sirve de comodín para justificar la desazón perpetua. Viene a cuento esto porque, por añadidura, sos cura, cura confesor, que ésa es, más o menos, la función de la gente psicóloga. De acuerdo, sos poeta-psicólogo, aunque, bien visto, ¿qué poeta verdadero no lo es?  En cuanto a la otra categoría que revestís, no la olvido; lejos de ello, la aprovecho, de paso, para pedir la absolución.
Tuyo.

Fernando Sánchez Zinny Verano de 2008

jueves, 28 de marzo de 2013

SIN RED ABAJO


Prólogo de Delfina Acosta para  re-edición del poemario “Picado Contrapicado” de Rolando Revagliatti.

Las sirenas cantan en el lado del mar que les corresponde, los albatros van dejando su reguero de sangre sobre la arena, los marineros  querrían cantar los nombres de sus amantes junto a las escotillas del barco, pero no les nace sino una exhalación de humo de cigarrillo.
Rolando Revagliatti,  poeta de la Argentina, canta.
Y a veces maldice, pero como entre lágrimas que queman. Y hace bien en maldecir. La maldición es hermosa y hace falta escupirla cuando  el pus del mundo recorre las vértebras del hombre cansado.
 Hallo en la poesía de Rolando una enorme necesidad de ponerse al lado de la mujer que entrega su  cuerpo por una mentira de amor, unas ganas irrenunciables  de molestar, de atormentar  al amor mismo, con todas las sílabas y todas las letras, para que termine hablando, confesando,  vomitando  su verdad.
Dirá entonces, ante tanta insistencia del poeta, el amor, su historia. Y esa historia  puede parecernos a nosotros, los lectores, tan malacostumbrados al molde de la poesía tradicional, un susto, un suspenso en el aire, una copa  de cristal caído en el suelo.
Los poemas  encuentran una manera especial de expresión en los versos del autor.
Su niñez corretea, a veces, por sus líneas.
El sexo es en sus páginas un panal de abejas donde la miel es elaborada durante noches y días, por unos insectos que se aprestan, llenos de vida, a llenar de dulzura la colmena.
Si dijéramos los poetas: “Éste es el arco, y allá está la hondonada donde crecen los lirios del valle. Que no tiemble el pulso al disparar la flecha. Hay que dar en el blanco de la poesía”; si dijéramos esas palabras los poetas, seríamos pequeños dioses.
Rolando Revagliatti dispara sus flechas. Y la poesía sale de él alevosa, aunque rica en invención.
Cuando la poesía es inventar, hay versificadores  que inventan  mal, o no inventan nada.
Entonces ocurre que Rolando Revagliatti,  sin saberlo, acaso, va dispersando sobre la mesa  las diversas monedas de su tesoro. Tiene un poco de tristeza, mucho de ironía, bastantes  monedas de cansancio de este mundo ancho y ajeno, siete monedas  de novedad, más  diez monedas para sorprender al lector.
Y arma con sus versos, un  acto digno de un trapecista perfecto, hermoso, angelical. Claro que no hay red abajo.

DELFINA ACOSTA -Asunción, Paraguay-

jueves, 9 de mayo de 2013

SIN RED ABAJO



Prólogo de Delfina Acosta para  re-edición del poemario “Picado Contrapicado” de Rolando Revagliatti.

Las sirenas cantan en el lado del mar que les corresponde, los albatros van dejando su reguero de sangre sobre la arena, los marineros  querrían cantar los nombres de sus amantes junto a las escotillas del barco, pero no les nace sino una exhalación de humo de cigarrillo.
Rolando Revagliatti,  poeta de la Argentina, canta.
Y a veces maldice, pero como entre lágrimas que queman. Y hace bien en maldecir. La maldición es hermosa y hace falta escupirla cuando  el pus del mundo recorre las vértebras del hombre cansado.
 Hallo en la poesía de Rolando una enorme necesidad de ponerse al lado de la mujer que entrega su  cuerpo por una mentira de amor, unas ganas irrenunciables  de molestar, de atormentar  al amor mismo, con todas las sílabas y todas las letras, para que termine hablando, confesando,  vomitando  su verdad.
Dirá entonces, ante tanta insistencia del poeta, el amor, su historia. Y esa historia  puede parecernos a nosotros, los lectores, tan malacostumbrados al molde de la poesía tradicional, un susto, un suspenso en el aire, una copa  de cristal caído en el suelo.
Los poemas  encuentran una manera especial de expresión en los versos del autor.
Su niñez corretea, a veces, por sus líneas.
El sexo es en sus páginas un panal de abejas donde la miel es elaborada durante noches y días, por unos insectos que se aprestan, llenos de vida, a llenar de dulzura la colmena.
Si dijéramos los poetas: “Éste es el arco, y allá está la hondonada donde crecen los lirios del valle. Que no tiemble el pulso al disparar la flecha. Hay que dar en el blanco de la poesía”; si dijéramos esas palabras los poetas, seríamos pequeños dioses.
Rolando Revagliatti dispara sus flechas. Y la poesía sale de él alevosa, aunque rica en invención.
Cuando la poesía es inventar, hay versificadores  que inventan  mal, o no inventan nada.
Entonces ocurre que Rolando Revagliatti,  sin saberlo, acaso, va dispersando sobre la mesa  las diversas monedas de su tesoro. Tiene un poco de tristeza, mucho de ironía, bastantes  monedas de cansancio de este mundo ancho y ajeno, siete monedas  de novedad, más  diez monedas para sorprender al lector.
Y arma con sus versos, un  acto digno de un trapecista perfecto, hermoso, angelical. Claro que no hay red abajo.

DELFINA ACOSTA -Asunción, Paraguay-






viernes, 22 de marzo de 2013

EPÍLOGO PARA UNA REEDICIÓN


Rolando Revagliatti: Trompifai

El espíritu de juego, y un ligero escepticismo de fondo parecen presidir la poesía de Rolando Revagliatti, volcada al doble y a ratos confluyente cauce de la poética y la humorística. Ambas vías, decía Macedonio Fernández, son igualmente desestabilizadoras de las rutinas mentales y la habitualidad del vivir.
Desde luego, no es necesario pensar que el juego es expresión de frivolidad o descompromiso. Como este libro lo muestra, puede haber en él un trabajo de incesante descubrimiento, sorpresa y recreación, en este caso ejercido sobre la base del cine, ese gran arte del siglo Veinte que ha reunido y reformulado a las artes todas.
Es éste un libro singular, construido metódicamente como escritura que parte de filmes, consignados en forma puntual, que abarcan ochenta años de cine. Es en cierto modo una “historia” del Séptimo Arte, pero también una cierta revisión sesgada  de la vida contemporánea, nuestra vida, la vida del autor.  Los jóvenes descubrirán y gozarán en estas páginas un tramo que desconocen, los que hemos vivido esos años, y conocemos la mayor parte de esa filmografía, disfrutamos duplicadamente de este revival.  Pero no se malentienda lo que digo. Revagliatti no hace una descripción ni un comentario crítico de las películas que menciona.  Su creatividad, inteligencia y humor se ejercen sobre la imagen visual como punto de partida para una síntesis imaginaria o reflexiva, siempre sorprendente .
Es oportuno recordar que Rolando Revagliatti es psicoanalista, cursó estudios de cine y ha tenido experiencia actoral y directiva en el teatro, además de ser un obstinado espectador de cine, y sobre todo un poeta.  Esa multiplicidad de experiencias se  muestra en Trompifai,  donde exhibe su conocimiento de todo el cine especialmente europeo y americano del siglo transcurrido, su amor por la imagen que fulgura en la pantalla, y  su  privilegiada capacidad de gozador y analista de imágenes,  sucesos y  expresiones  que no pertenecen sólo al cine sino a cada instante de la vida.
Su escritura coloquial, despeñada sin interrupciones pero también ceñida y sobria cuando su intención lo requiere, afronta el riesgo de caer en el facilismo, del que sale airosa, y elude a conciencia el desborde afectivo,  la complacencia, el engolamiento. Sus poemas, generalmente breves, recorren el cine mudo y algunos  realizadores de los años 30 y 40, extendiéndose a décadas recientes. La edad del autor nos parece mayor a la que realmente tiene, hasta tal punto se apodera de una atmósfera anterior a su propia infancia, y se muestra  capaz de capturar  ese especial “encanto del  pasado reciente” de que hablaba  Bioy Casares. Todo adquiere una implícita connotación  infantil, adolescente y familiar para este visor que se pretende impávido. Remueve emociones, pese a su temple crítico y su ironía.
Este libro es uno de los cuatro  que Revagliatti ha dedicado al cine. Ante cada film, tiene el don de sintetizar un clima, resumir una narración o penetrar el sentido con una frase. Su discurso, a imitación del “discurso fílmico” varía el enfoque, el encuadre y la velocidad, como lo haría un director de cine. También se evidencia esta inclinación en el recurso a procedimientos cinematográficos como la fusión, la detención, etc.
Los juegos de imágenes se superponen a los juegos de palabras en esta sucesión de experiencias que no son meramente las de un receptor sino las de un creador que continuamente organiza y recrea, interfiere con su propia voz, su pensamiento o su salida de tono. Es un histrión que se muestra y se oculta.  Su cultura cinéfila le da pie para la introspección, la reconstrucción de la adolescencia, la vida familiar, erótica, artística, desde una mirada ubicua y  perspicaz.
No todo es visual, evidentemente,  en estos textos.  El lenguaje, que pasa por el habla ciudadana en todos sus matices, se hace anti-solemne y  desenfadado en grado sumo.  Próximo al humor, aborda el brusco contraste, la conclusión inesperada,  la desmitificación, el chiste, la comicidad. Lo vemos  recurrir a múltiples tonos y modalidades, como la parodia de otros textos, la recurrencia a letras de tango, boleros, catálogos, enumeraciones, noticias periodísticas, carteles publicitarios, anotaciones sueltas.
 La perspectiva –ocular o reflexiva— tiene una particular movilidad. Quien habla es un yo sólo a veces explícito, generalmente disimulado en una aparente objetividad. Pero la imagen se tiñe de matices personales, subjetivos y aun sentimentales.  Revagliatti ha frecuentado una poética muy argentina que pasa por la cultura barrial, afectiva, cultivada por letristas populares, sainetistas, o por poetas como Nicolás Olivari – uno de sus innegables maestros – o Raúl González Tuñón.
Toda una época aparece ante nuestros ojos centrada en el cuadrado mágico del cine. Los personajes –desde el inefable Carlitos y su antagonista Trompifai hasta los héroes del Far West o las actrices italianas— se adelantan, violan el límite inmanente del film -  a la manera de La Rosa Púrpura del Cairo- y descienden a la butaca, o bien llevan consigo al espectador que los contempla. Así ficción y realidad tienen caminos de ida y vuelta que los conectan. En algún caso son los personajes mismos los que toman la palabra. El comentarista-poeta-crítico que habla del film se apodera de las máscaras, para mostrar que no sólo repasa una posible historia del cine, sino que revisa la historia propia, y la historia toda  de este tiempo: la guerra, la posguerra, los dictadores, la represión, el exilio, los regresos, el amor, el sueño, las infracciones, la risa, el arte, los genios, la nostalgia.
Desfila aquí el cine francés, Godard con su leve ironía y sus tonos bajos, el cine italiano, inexcusable,  con la emotividad y la risa de Tornatore o Ettore Scola, el cine sueco, con su velado moralismo, el cine norteamericano, alemán, polaco, español, latinoamericano y por supuesto argentino, desde las películas de María Duval y Golde Flami, “la buena” y “la mala”,  hasta “GATICA, ‘EL MONO’” de Leonardo Favio. Un cine ingenuo, que adquiere el encanto del pasado, un cine dramático, como lo ha sido nuestra vida.
Creo que el tiempo es el gran protagonista de este volumen. El permanente rescate de lo anterior, la incorporación de tarjetas postales que pertenecen a una época superada, extiende considerablemente la sensación del “tiempo vivido”. Observador frío por momentos, en otros  espectador enamorado, el autor planea por encima de su creación, se resguarda, incita o participa.  Hace una nueva “función”, espectaculariza  a partir del film para dar a conocer algo de la condición humana, mientras “aquella sangre de la mujer ésta en mi cara”. Su poema “Super ocho” ejemplifica este espíritu, al ofrecer una curiosa “función” en que actores de lo más diversos cumplen roles insólitos.
El poeta–histrión-director cierra su libro, transido de humanidad y tiempo recorrido, y el lector reprime una lágrima o una sonrisa, abrumado por el cuadro tragicómico de la vida, por el peso de la historia que el arte aligera y hace soportable. Sabe que la pasión de Marcello y Sofía se continúa en miles de copias, y que  la poesía a su turno le alcanza otro nivel de diálogo para compartir  las experiencias de la vida y la palabra.

Graciela Maturo 2008

martes, 4 de septiembre de 2012

DESE AL DIGESTO POÉTICO NACIONAL


Prólogo de Alejandro Méndez Casariego para la edición electrónica y para la segunda edición (aumentada) soporte papel, del poemario “Desecho e Izquierdo” de Rolando Revagliatti.

La tentación de acotar mi comentario a estos textos de Rolando Revagliatti, de referirme específicamente a ellos y a sus características puntuales, es grande. Es lo que solemos hacer: ver qué hay aquí, en este corpus poético, cuáles son sus aristas más notables. En fin: describir esta obra en particular, haciendo malabarismos  para separarla del resto. Tal vez porque esta tarea me exceda, o porque hace tiempo vengo rumiando algunos aspectos más generales de la poética de Rolando, o incluso porque en este libro esté inequívocamente advertible la configuración relevante de su forma de decir,  pero sobre todo porque el autor  me lo permite, opto por abocarme a una lectura un poco más amplia.

Si tuviera que buscar una expresión concisa para definir la poesía de Rolando Revagliatti, afirmaría que se trata de una caricatura profunda. Caricatura, porque como en ese arte, se trata de exagerar la virtudes o defectos del objeto – o sujeto – retratado, de tal modo que, despojándolo de todo aquello que no es significativo, destaque lo que lo hace diferente de lo demás, lo que lo hace único. La ironía es uno de los recursos más eficaces para lograrlo. Pero la ironía no debe ser gruesa, no debe ser superficial, si lo que pretendemos es destilar la esencia;  no basta con señalar este o aquel rasgo, o con enumerar cualidades, atributos, comportamientos de mayor a menor, según un orden de jerarquía que establecemos desde una formulación caprichosa. El ojo del observador debe estar atento; a la manera de los yoghis, debe permanecer pasivo y alerta  ante lo que contempla. Pasivo, para no alterar con nuestro trajín, con nuestros forcejeos intelectuales, el flujo de lo que es y ocurre. Y alerta para no perderse nada. Sólo de esta manera el fenómeno se nos revela en plenitud. Hasta aquí, todo el esfuerzo previo: el poeta ha pesado, medido y evaluado su materia prima . Podemos imaginarnos a Rolando, como él mismo diría, “extasiado escudriñando” lo que pasa a su alrededor, como una lupa gigante que clasifica, desecha y selecciona, que no se conforma hasta llegar al meollo.

Al meollo intento remitirme yo también, entonces.

La poesía de Rolando no define cosas, no reflexiona sobre lo que ve, no saca conclusiones. Las personas y los sucesos discurren en su propio terreno, en su aura original, rodeados, impregnados por sus códigos, intocados por la parcialidad inevitable de aquel que cae en la tentación de contaminarlos con un toque de opinión o juicio. No ocurre ese distanciamiento fatal que la mediación produce a veces con el hecho por exceso de notoriedad del creador. Utilizando una expresión futbolística – que Rolando seguramente celebrará por lo futbolística, más que por lo acertada – el árbitro más presente es aquel que pasa más desapercibido; el mejor será el que logre que los únicos protagonistas sean los jugadores. Esta tarea no es fácil.

Con naturalidad o con esfuerzo – esos son los secretos más íntimos del poeta, en los que no conviene hurgar – Rolando evita detenerse en los porqués , en los porqués subjetivos de él, Rolando escribiendo- para entrar frontalmente en los qués. Están, sí, y en abundancia, los porqués de sus criaturas, pero ese es otro cantar. En este contexto, el qué vendría a ser algo así como “la cosa en sí”, lo que acontece sin necesitarnos más que como espectadores.

La profundidad  tiene mucho que ver con lo anterior. Según mi lectura, que a  mi entender no es más que otra lectura, la profundidad está lograda a través de la dualidad, la tensión angustiosa y obsesiva que prepondera en estos textos entre lo trágico y lo cómico de los sucesos de la vida. Solemos creer que una existencia mediocre se resalta por la ausencia de tragedia, por un transcurrir sin sobresaltos: el hombrecito gris portando una vida gris. La poesía de Rolando exhibe impúdica, implacablemente, la certeza de que en la mediocridad reside, emboscada o explícita,  la peor de las tragedias: la de no ser, y para colmo, no saberlo.

Dice en uno de los poemas, significativamente titulado “No concilio”:

“El desasosiego de la conservación
me templa tristemente”

para luego concluir

“Y mi no soñar
también miente
que estoy vivo

¡Recuérdenme!”

Tal vez el único posicionamiento serio para abordar ciertas encerronas, sea con la mentada ironía  porque la solemnidad resulta siempre sospechosa, o porque, si de mediocridad hablamos, lo más trágico es que resulte cómica. Lo sabemos aquellos que, un tanto distraídos,  caminamos papando moscas por la calle sin advertir el poste inoportuno: no nos duele tanto el golpe, por fuerte que sea, como la risa, apenas contenida, de los espectadores. Pero como en esos casos, en la escritura hay un recurso casi infalible,  hasta diría una sola alternativa: reírnos nosotros primero. Porque – y eso trasuntan los poemas de este libro – todos cargamos a cuestas a ese mediocre  Aquí impongo un aparte para poner en duda el menoscabo del  término utilizado: “mediocre”. Porque se trata, en definitiva, de ese punto medio, que a todos nos incluye, entre nuestras miserias y nuestra integridad.

Hay, en la obra de Rolando, una especie de tierna crueldad por sus personajes atrapados en esta trampa sofocante, desesperante de la vida. Sin juzgar -  porque ese es otro de los secretos que no se puede, ni es necesario, desentrañar – la impronta con la que el poeta se involucra en los temas, considerando el uso, como recurso o como verdadera comunión, de la primera persona en la mayoría de los poemas – cuando hay un tercero, en general, es un tercero referido a uno-, se percibe una íntima solidaridad, no tanto en el sentido de compartir los variados – y a veces aborrecibles – puntos de
vista de los sujetos retratados, sino en el conocimiento hondo, minucioso de la condición humana. Porque en esta sucesión de equívocos, bloopers, parodias e instancias absurdas, es en definitiva esta execrable y adorable condición humana la que nos salta al cuello, cuando vamos un poco más allá de la peculiar sonoridad o de los gags insólitos bajo cuyo envoltorio se nos expone.

Léase, ríase, llórese, archívese cuidadosamente y dese al Digesto Poético Nacional.

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO Buenos Aires, 2009

viernes, 7 de junio de 2013

TEATRO DE LA "LOCA VERDAD"

“Las Piezas de un Teatro”, de Rolando Revagliatti (RundiNuskín, Buenos Aires, la Argentina, 1991, 102 páginas). Comentario de Daniel Terzano aparecido en la sección Libros del Suplemento “Cultura y Nación” del periódico “Clarín” de la ciudad de Buenos Aires, el 8.8.1991.

         En Las Piezas de un Teatro, Rolando Revagliatti transita con éxito un camino riesgoso. La estética del absurdo (el automatismo surrealista sería otro caso) ha tentado a muchos con su engañoso “vale todo”. El pecado resultante, en general, es la tontería.

          En cambio, los que saben que para hacer teatro no basta con amontonar extrañezas sobre un escenario, han abierto una visión alternativa, no naturalista, del drama humano. Revagliatti, felizmente, pertenece a este segundo grupo.

          Sus obras nos hablan de la soledad, de la incomunicación y el desencuentro, y de ese terrible vacío que todos, alguna vez, sentimos latir allí donde nos habían garantizado un alma. Para ello hace vagar por las piezas de su teatro a personajes sin nombre (o tal vez, a la inversa, tan sólo nombres, nombres genéricos, tan abarcativos que al fin nada representan: “hombre”, “mujer”, “anciano”, “pelirroja”, “jesuita”...). Esas identidades en grado cero monologan sin percibirse unas a otras, o hablan por citas, o se retraen y callan, o dialogan entre sí con la calidez y coherencia con que podrían hacerlo muñecos de cera encerrados en cajas de vidrio.

          En muchas de sus escenas, lo cómico asciende hasta ese nivel límite cuyo efecto final no es la risa, y en todo momento la honorable razón resulta burlada. Lo que no se encontrará en estos textos son gestos superfluos, rebuscamientos gratuitos.

          Como escribió Tolstoi: “Todo esto es locura, pero todo es verdad”.

Facilitado por ROLANDO REVAGLIATTI -Argentina-

lunes, 20 de enero de 2014

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


Comentario bibliográfico del poemario “Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo” de Rolando Revagliatti  (editado electrónicamente en Buenos Aires, la Argentina, 2010, y disponible gratuitamente en http://www.revagliatti.net),  por José Pablo Quevedo, en Alemania. Comentario y muestra de dicho libro se difundieron en el nº 24,  julio-diciembre 2010, 3ª Etapa, de la Revista (soporte papel) “Alhucema” de Albolote, Granada, España.

          Cuando una vez las estrellas se apaguen en su curso, no quedará el vacío de lo que fueron, sino que desde el polvo cósmico trasformado se harán los nuevos nidos de otras estrellas, y nuevamente serán ellas quienes propaguen la luz esclarecedora de su tiempo. Pues los poemas de Rolando Revagliatti son pequeñas piedrecitas brillantes, hechas casi como imágenes visuales y ajustadas a nuestro tiempo, por lo tanto, no convencionales, a manera de aforismos, paradojas, sentencias, etc. Y nos lo entrega en papel de regalo para este 2011, y para otros siglos de permanencia.

          La PALABRA de Revagliatti se ajusta liviana pero es pesada como un planeta, es breve pero afilada como mil espadas, cargada de humor pero que emite sus sentencias contra los siglos de subseción y de los convencionalismos sociales. Impone su lógica convergente y divergente. Está hecha de tiempo binario polar de la sucesión-subseción, condensada en una propia innovación. Su quehacer, otro crítico de su arte lo ha llamado Revagliattismo. El poeta, argentino, escribe sobre la esencia singular de lo moderno, y con ello, marca las diferencias epocales, que han sido establecidas por otros grandes poetas españoles o latinoamericanos en otras épocas SUBSECIVAS de una historia de las letras castellanas. Hablemos, entonces, del Príncipe de los Dinamiteros, como es Francisco de Quevedo y Villegas, o como lo es el tradicionista Ricardo Palma en la Lima de sus albores republicanos, y que con su ironía punzante latigueaba a la aristocracia de los señores encomenderos, y como también lo hace su contemporáneo, el peruano Raúl Gálvez Cuellar con su famoso libro de aforismos, "De Mi Sombrero".

          Los textos de Revagliatti, salidos en los espacios virtuales: OJALÁ QUE TE PISE UN TRANVÍA LLAMADO DESEO, son trasmutantes, positivos en la regresión diferenciada y epocal moderna; además son minimalistas y en algunos casos respiran y condensan el humor de los grandes dinamiteros de la historia de nuestra literatura castellana. Me gusta el que se prodiga a la contrariedad (las contrariedades) en sus reflexiones poéticas, en que su autor asume una tríada lógica o ilógica (muchas veces), para hallar lo convergente o lo divergente de la que están hechas las relaciones humanas y las bases de sus principios morales. Juega entre los oponentes y usurpa o asalta el reino de esas relaciones convencionales y las pone boca-abajo, las dinamita o hace estallar en ráfagas minimalistas. El pensamiento conservador regresivo, que aún prevalece, nos parece que se va o se deshace en una estela de humo. El silogismo, emerge así, como el arte de pensar de lo contradictorio, y que se hace al desenvolver un ovillo razonado dentro de una lógica formal y sutil en donde una parte de la realidad se pone en juego en una catarsis que nos refresca espiritualmente y va hacia otra parte de lo que no nos deseamos.

          Por oposición a otra idea ya pasada, hacemos un argumento breve como réplica. Ello es un juego de la razón que tiene en un modus coloquial su asidero, un ingenio de contraregla que conoce acertadamente otra regla y que inspira al contrayente para desarmar cualquier artificio. Usa el pretexto general o singular y ambiguo de su propia creación para poner ante el sol los cordeles de una verdad intuitiva en contra del argumento conservador y trasmutar en la piel del tiempo que vive. Los poemas exponen el humor fino, la cotidianidad y el carácter general humano confrontado en otra esencia epocal repetitiva diferenciada. Pues las esencias son las repeticiones en sus diferencias y en las trasgresiones de cada periodo, en sus singularidades y albedríos. Ellas no tienen esquemas ni logran convencionalismos que se respeten, son la totalidad del tiempo hecho un momento, algo que se arma y que se alza con su propia evolución contra todo lo convencional.

miércoles, 31 de julio de 2013

EPÍLOGO (1)

YO TAMBIÉN LEO Y ESCRIBO

           Cuando en “Una noche con Hamlet”, Vladimir Holan -aquel estupendo poeta checo- dice: -Veo un hombre y lloro, Revagliatti -mediante un imaginario contrapunto- lo reconvendría: -Donde ponemos la agonía/ algo/ no cabe.

I

          Ha de constar que no soy un experto en la obra de  Rolando Revagliatti y todo aquello que desde “su acá” hasta “mi acá” suceda y se transcriba, deberá ser entendido en función de un aprovechamiento activo de su escritura y de un diálogo donde prevalecerán la indagación y el intento de resaltar algunos tópicos.
          A fines de los ‘80 llegó a mis manos la primera edición de estas “Obras completas en verso hasta acá”, de Ediciones Filofalsía. Recuerdo la dificultad que me plantearon dichos textos. No podía con ellos. ¿Qué buscará este señor?, me dije, yo, frecuentador de poetas argentinos de las décadas de los ‘40 y ‘50 y por ende, acostumbrado a una poesía en la que predomina en mayor o menor medida el sesgo surrealista. Por otra parte, tenía bien leídos a Girri, a Giannuzzi, a Gelman, a Olga Orozco, a Pizarnik y sabía que los poetas jóvenes solían encolumnarse detrás de estos nombres.
          Ya el título de uno de los poemas de Revagliatti me resultó extraño: “Los papás queman”: una joda, a éste le sobra la plata,  pensé.
          Sin embargo, el apellido del poeta aparecía aquí y allá: en revistas de poesía, en publicaciones que llegaban del interior del país, se lo veía en algunas antologías: sus textos circulaban.
          Sé que no es infrecuente que la obra de un autor se muestre  refractaria a  las primeras lecturas,  le pasa a mucha gente.
          Cuando conocí a Revagliatti en su ciclo de poesía “Julio Huasi”, en el año 2001, me encontré con un hombre serio pero cordial, de trato amable y muy respetuoso con los poetas convocados.  El suyo fue uno de los ciclos que más me entusiasmó. Llamaba  la atención su forma de recitar: teatral, su gestualización era seca y controlada, con una tensa apoyatura en el silabeo de algunas palabras, y un tono que se sostenía y regulaba mediante pausas inesperadas: al margen de su pintoresquismo, se trataba de un sujeto fogueado en el arte de leer en público. Intercambiamos sendos libros esa noche y a partir de una nueva lectura (me había obsequiado su poemario Tomavistas), comprendí que existía otro modo, por demás válido, de relacionarse con el fenómeno de la poesía.

Epílogo de José Emilio Tallarico para la tercera edición soporte papel del poemario “Obras completas en verso hasta acá” de Rolando Revagliatti.



sábado, 29 de septiembre de 2012

EL CONDICIONAL ABRIENDO


PRÓLOGO  de Teódulo López Meléndez para el poemario inédito en soporte papel “Habría de abrir” de Rolando Revagliatti, el que cuenta con dos ediciones-e disponibles gratuitamente en http://www.revagliatti.net -

  ¿Dónde anda la memoria de Rolando Revagliatti? ¿Acaso internada en los esquemas del latín clásico y haciendo una transferencia en el español medieval para llegarnos hasta ahora, a la reconstrucción de la lengua española en unos versos de penetración del infinito? Abre en variedad morfémica invitando al desastre que posteriormente describe. ¿Acaso esa memoria estaba interceptada por Berceo? ¿Tomó versos alejandrinos para diluir prótasis y apódosis? Pero no, el condicional no está después, está al inicio. Luego no hace sino confirmar. Podemos divagar sobre las relaciones temporales de los verbos con la realidad exterior del discurso y abandonar la morfología allí, en el pasado de las lecturas.

          ¿Lo que va detrás y lo que va delante? ¿O debemos detenernos en la relación de los condicionales con las causales? No hay otro uso condicional – digo ahora- en el resto del texto. “Habría” muestra en el poema inicial la presencia simple de una posibilidad frente a la cual el poeta parece soberano. Si realmente lo intenta no estaría mostrando una voluntad pues lo haría “como quien no quiere”, más bien “como quien detesta”. Es más, si la apertura se produce, lo que realmente sucede, como lo comprobamos al ver el cúmulo de palabras que siguen a este poema y que constituyen este libro, aun ella tiene condicionamientos previos en contradicciones que –advertidos estamos- no dependen de su voluntad dado que la envoltura del acto es impremeditada y, claro está, se torna irrepudiable. La aparente contradicción se anula dado que, como queda suspendido sobre el libro, la única posibilidad es que lo que hay que abrir se abra sin abrirse.

          Ahora estamos frente a lo que se abrió sin abrirse: Frente a lo que queda el poeta reitera su combate. No acepta los calificativos externos que puedan endilgarle. Reitera su acción soberana sobre la palabra. Y advierte que tiene por hábito venir de la luz, pues a los abismos sólo a asomarse.

          Es reiterativo en Revagliatti el no asentamiento de una realidad imperturbable. La realidad –y aquí reaparece el condicional entremezclado entre una voluntad y una fuerza superior- se mueve sinuosa. Para él la palabra dedos múltiples coordinados por todos los sentidos que, de mutuo acuerdo, le encuentran el proyecto de moldeo.

          La voz del poeta sobre sí mismo implica un desleimiento, pero nadie busque en su palabra lo contrario, pues él está en otra parte que es desleimiento. El hecho inocultable de su muerte en el momento de la muerte no puede autorizarlo a hacerse realidad mortal, pues, como queda muy claro, el llegar tarde al comienzo es la obligación permanente…poesía. Reverso y anverso, traducción y traición, referencia e inferencia, persecución y quietud, repetición e innovación…palabra.

          Aún así, los poetas intentamos una y otra vez autodefinirnos y como estamos en viaje sostenido tenemos la facultad de ver las cicatrices incluso desde el anterior momento filoso de su causa y aún tenemos el espacio requerido para hacer la advertencia a los hombres que la palabra causada provino de su causa.

          La fractalidad del prisma permite la multiplicidad de visiones, hay que mirarlas todas desde la conjunción de los signos, no hay tiempo, no es menester dilapidarlo en la espera del más allá del Yo, que los hombres hagan de su supuesta eficacia la admisión de su supuesta eficacia. Frente a ella el poeta se reserva al misterio y vuelve a condicionar reservándolo a la palabra. A la opacidad del mundo opone su luz fractalizada.

          Las interrogaciones no desaparecen. El poeta vuelve sobre ellas y las sopla en la noche. Cada palabra es una hoja que cae y en los otros encuentra lo que no es, pero cuánto pesar por haberse escondido y la manera de exorcizar es reconociéndose uno de ellos, aún y a pesar de saberse otro, el diferente. Y todo poeta sabe que ha pasado. La verificación de no estar solo es quizás el primero de los naufragios. Y el balance se asoma: ha podido hacerlo sin los sentidos porque ellos fabricaron el sentido. Ha habido en el proceso un exceso de lucidez; haberla permitido, haberla dejado entrar desde los vidrios rotos en su multiplicidad atosigante ha sido una negligencia. “Que esta lucidez perezca”, dejé escrito en algún verso, pero sin ella no hubiésemos podido ser lo que estábamos condenados a ser. Uno no se entiende entendiéndose, de manera que resulta inútil explicarlo.

          Siempre creemos haberlo dicho todo ya sobre la condición humana. Empezamos muy temprano, en el origen, y desde el origen hemos caminado infinitas veces el camino. Pensamos habernos excedido y por ello estamos solos al tiempo que comprobamos nuestra pequeñez en el diagnóstico, olvidando sólo que otro relámpago nos hace ver que sobrevolamos y hemos hecho esfuerzos notables por merecernos la muerte, palabra de seis signos, una que en traducción traidora sólo significa que seguiré contando. Se contará en la nada y para ella no hay definición a no ser nada. Esto es, la luz nos hace oscuridad.

          Aturde, lo sé. Tengo con Revagliatti una diferencia: he abierto su libro abriéndolo. Lo que no sé es si he abierto. Menos si estas palabras que serán llamadas prólogo son irreversibles. Como Rolando, tengo una “pronunciada propensión al aturdimiento”.

Teódulo López Meléndez Caracas, 2010

domingo, 30 de junio de 2013

PRÓLOGO para “Las Piezas de un Teatro” de Rolando Revagliatti

“REDUNDIO = GERUNDIO EN REDONDO”

por Germán González Arquati

Según el Pequeño Larousse Ilustrado, ROLAR quiere decir dar vueltas en redondo. Su gerundio es ROLANDO, esto es dando vueltas en redondo (galicismo).
RE-VA: va y va. Sin volver. Español castizo.
GLI ATTI: los actos, más tano que los tallarines.
ROLANDO REVAGLIATTI: El que dando vueltas en redondo va y va sobre los actos.
A Mandrake le serrucharon el cráneo. Tuvo buena cicatrización. Su magia consiste en convocar frases que provocan la penumbra y la oscuridad.
Fragmentos de Rolando que va y vuelve a ir sobre los actos: ahí están para muestra el Caballero Español con su invitación programada que siempre fracasa, la mujer que talla en jabón y repite su frase: “Nosotras no la matamos. Se murió sola.” El Hombre que se suicida con lo suyo comete actos comentado por un parlante que repite su mensaje hasta que termine de trajinar y suceda el apagón final. Alguien abre los dedos, embalsa arena fina y la deja libanizar (justo en el momento en que Mandrake anuncia: “No es tanto el dolor, sino que sangra.”). El mago Mandrake sangra y sus palabras mediatizan la realidad, la realidad, la realidad...
El Hombre que bracea sobre la mesa no deja de tener razón cuando sentencia entre brazada y brazada: “¡Qué capítulo, señor, escribiríamos todos si no tuviéramos que remar!...” La luna como una pastilla de Alka Seltzer cuelga de un hilo de coser pero el Hombre ni la mira y además la tutea como una vulgar trotacalles.
Cosa de nunca acabar y de nunca empezar. Se gasta lo que hay y no existe ningún relevamiento sobre lo que aún queda en el ovillo. Ellos dialogan sobre imponderables. ¡Qué lujuria senil! El mundo destila lujuria senil. El viejito se dormirá con el numerito ROLANDO entre sus dedos que luego caerá de sus dedos. Todo caerá despacio como si se precipitaran bulones de goma. El Angel cubre a los niños con su sábana blanca, para ocultar sus juegos eróticos. Los niños nunca duermen: “Le hundimos los bichitos en el agua. Le cantamos el bolero.” Nada termina.
Re-va. Va y vuelve a ir. No regresa. No hay vuelta para volver a ir. Es el que va dos veces. El que no conoce el viaje de vuelta: jinete que cabalga únicamente corceles que van. Dando vueltas en redondo porque SOLAMENTE SE PUEDE IR DOS VECES HACIENDO VIAJES EN REDONDO. No hay otra manera de ir y volver a ir sin volver, que haciendo viajes en redondo (ROLANDO: dando vueltas en redondo). La fatalidad de llamarse de una manera también es un viaje de ida. Pongámonos nostálgicos: la vida es esencialmente un viaje de ida (la palabra misma lo contiene: vida).
Seres trasnochados sorprendidos por sus propios textos que viajan en góndolas oscuras en medio de tempestades de utilería. Las palabras son ganglios que gotean y supuran incertidumbre. El derrumbe se produce en sordina y los pesca a todos enzarzados en pensamientos que no descansan, amotinados en la misma nuca, expresados turbiamente con una claridad aterradora. Hay luces curvas y torvas que vaporizan la escena. Sería mucho simplificar decir que estamos asistiendo a un drama sicoanalítico, pero “por algo será”.
Teatro redondo que se regodea en no avanzar, eludiendo la perentoriedad del conflicto, porque es conflicto en sí mismo. Para sí. Para no. Para ni. Para so. Se da el fenómeno de asistir a un curso de acciones sin futuro, que obliga a no alentar expectativas. La acción se agota en sí misma y a menudo no es antecedente ni consecuente. Teatro sin futuro. Teatro optimista.
El lenguaje no apela a los sentimientos sino a la tiranía caprichosa de las ideas que bullen en la nuca. La palabra es portadora de acción: es acción en sí misma y nunca ilustra ni comenta la acción física de los personajes. No nos pongamos pedantes. Los hombres y las mujeres hablan de cosas íntimas, fuleras, callosas, vergonzantes. Parecen desandar continuamente el tiempo, ese tiempo que se desplaza por las ventanillas de los trenes y queda embolsado en el furgón de cola. Uno siente que detrás hay una sala de espera de mayólica, con salivaderas de hierro enlozado, higienizadas con creolina. Humor viciado por la falta de aire, por el olor del sexo que surte entre las enaguas. La pobre humanidad retrocediendo cualquier cantidad de pasos, descuajada, errática, agolpada entre las dos caras de un vidrio opacado por la fina lluvia de otoño.
Pero por ventura está la pietá. El descenso de la cruz. La lánguida eternidad abandonada en brazos de la madre adolorida. ¡Pobrecitos! Se la pasan llorando sangre, tendiendo la mano al padre ausente, amarrados a las tetas de la madre omnipresente. Las palabras circulan, se atropellan, chocan, estallan, brincan entre los hombres y mujeres que degradan la escena. Se vive entre los socavones de la conciencia. El mundo exterior aparece tan deformado que ni es ridículo. Más bien todo lo visible aparece patético sin que nadie haga nada para que lo sea. Todos los personajes hablan con la cabeza en la mano. Todos terminan encallando y preguntándose a pesar de sí mismos: “¿Qué hago yo conmigo ahora? ¿Qué hago yo conmigo ahora?...” “Me falta la cabeza...” “Los fantasmas vienen a caballo. Diversos. Nunca llegan y siempre vienen.” Esto hay que leerlo y archivarlo en la frente. Si uno lo ve, tal como sucede con las imágenes visuales, las palabras que uno oye viéndolas pasan como esos “fantasmas diversos”. No vienen ni llegan. Pasan. Y el teatro no es un libro que se puede volver atrás. Lo cual es una verdadera lástima. Porque sería hermoso que en la representación cada espectador pudiera parar el espectáculo, hacerlo regresar a un tramo que desea retener o regozar y luego saltar hasta el hiato. Peligroso. Muy peligroso. Eso sería volver a ir pero no en redondo. Y entonces Revagliatti no tendría nada que ver con esta operación, más que nada por llamarse Rolando.

domingo, 12 de mayo de 2013

SOPITA ESPESA DE LA MUSA o REVAGLIATTI RELOADED


A modo de introducción a la sexta edición soporte papel del poemario “Sopita” de Rolando Revagliatti, el siguiente texto de Ricardo Rubio

"Escribir con orgullosa soledad, 
con la violencia de un cross a la mandíbula, 
con sudor de tinta y manos fatigadas, 
hora tras hora, hasta que los eunucos bufen."                        
Roberto Arlt 

La estética basa su estudio o parecer en un sistema de relaciones muchas veces arbitrario, tanto como arbitraria pueda ser la mirada de un hombre. Una nota musical puede resultar bella o puede producir un disgusto según el lugar que ocupe en un pentagrama, según las notas que la precedan o procedan, según su duración o el lugar del planeta en donde se ejecute, o según el ocasional oyente. Del mismo modo sucede con un paso de baile, una pincelada de color o una palabra. En poesía, precisamente, es la palabra y su relación con las otras que concurren al texto —no sólo semántica sino también sonora—, las que proponen la estética, más valiosa cuando las novedades de fondo y forma se reúnen para individualizar el preciado estilo.

A lo largo de una extensa obra compuesta por más de quince títulos de poesía (también ha publicado teatro y narrativa), con sus muchas reediciones, Rolando Revagliatti ha hecho de la minuciosidad compositiva el norte de su mirada poética. Cierta preciosidad fónica, ciertas elecciones de vocablos, que según los varios significantes señalan la ironía del doble juego, ciertas escenas y personajes, cercanos y lejanos, raramente buscados por otros autores, son los recursos con los que edifica un arquetipo poético distinguido como individual, de ningún modo cerrado al juego lúdico con el ocasional lector, sino más bien lo contrario.

Suspicacias sí, sintonía fina y justeza verbal que suscribe un modo muy particular de transferir (y transgredir), un sistema aún más distintivo que los ya conocidos: en Luchi, a través de la mordacidad; en Huasi, con las torsiones y los neologismos; en Constantini, con el ingenio y el juego del doble sentido; o en Girondo, con las ocurrencias extravagantes; aludidos sin ánimo de homologar estilos, pues estos poetas han sido únicos del mismo modo en que Revagliatti lo es con la suspicacia de las reticencias a veces cáusticas y muchas veces críticas, aunque siempre joviales; un modo nada despiadado de señalar con el escalpelo hacia las actitudes y conductas supuestamente ominosas de nuestra civilidad más cercana con sus múltiples prejuicios.

En algunos poemas de “Sopita” nos encontramos con notables distingos del tono al que nos tiene acostumbrados: el mordaz, el sardónico y el picaresco, que dan lugar en una gran parte del libro, la primera, a una razón ardiente casi nostálgica y reposada; composiciones que exponen al evocador, al memorioso repaso de quien evita motivos o justificaciones para presentarnos el paisaje exterior e interior de la circunstancia del recuerdo, eludiendo con ajustada síntesis y vivas alusiones varios grados de follaje intimista, pese a llevar los ojos a pretéritas fotografías no tan pretéritas (se me perdone el epíteto, de hecho, toda fotografía es del pasado).

Ya se ha manifestado la posibilidad de esta pluma en muchos de sus versos como algunos que recuerdo al pasar: “Murió / dijo la radio...” (en “Ripio”), referido a la muerte de Nicolás Olivari, o el que cita que “ya estoy medio muerto” (en “Desecho e izquierdo”), entre otros del mismo color intercalados en sus libros. En cierto modo, salvo unos pocos poemas, “Pictórica” es la colección que  tiene una cercanía posicional a “Sopita” en cuanto acto entre observador y cosa observada, pero no parentesco, que tampoco tienen “Obras completas en verso hasta acá”, “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):”, “Ripio”, “Corona de calor” o “Desecho e izquierdo”, elaborados mayormente con el estilo personal e innovador que le es característico. Encontraremos que el poema “Sopita”, que da nombre al libro, guarda una relación estrecha con ese tono.

La anticipación a los poetas de su tiempo, que lo caracterizó desde las postrimerías de la década del sesenta —pese a editar más tarde—, continúa aún en la plena vigencia. Si bien la liberación de la formalidad protocolar del verso (el decoro, la mesura, la prudencia, etc.)  y el uso de un lenguaje excesivamente coloquial gana los renglones de los poetas más jóvenes, en Revagliatti subsiste el respeto morfológico, la clarificación del concepto que no cede a devaneos, la construcción fónica que se vivifica y se comprueba con la oralidad y el extremo cuidado de la forma, cosas que en la actualidad otros poetas descuidan quizá demasiado en virtud de malas identificaciones con poesía traducida e inútiles esfuerzos de vanidad, que es mucho más frecuente que el talento. De modo que, con un carácter moderno, audaz y vanguardista, nuestro poeta aún mantiene su cruzada (avanzada), es decir, la posta de la originalidad, reuniendo creatividad, psicologismo, ironía y atrevimiento que, claro, no es poco.

Ricardo Rubio

domingo, 30 de septiembre de 2012

EPÍLOGO


Epílogo de Daniel Battilana para la edición electrónica bilingüe castellano-asturiano del poemario “Del Franelero Popular” de Rolando Revagliatti.

“Ese silencio escrito que es la literatura”

“Hablar es la sustancia de nuestra presencia”

TODOS HEMOS SIDO HOMERIZADOS
Hace mucho tiempo, todo un mes pasó, atormentado por los rendimientos ensayísticos, repletos de hipótesis y cacumen, convenía con RR un epílogo. Me encontraba para entonces revisando la tesis del tiempo como símbolo y sus diferentes fantasías noológicas, el cuerpo y la palabra asociados a una parte que en nosotros envuelve la piel (qué cosa no envuelve la piel) y nos da esa sensación tegumentosa del transcurso; comparaba maliciosamente las leyes de Ur-Nammu, Lipit-Istar y Esnunna, mientras entablaba una discusión con Ananda Kumaraswami  sobre su ensayo “El cuerpo sembrado de ojos” y los  mandalas que Durero  calcaba … Aflojar con estos temas cruciales para el Cono Sur, enfriar todo y al choque de bolas de billar, tal un brindis incansable de taco y paño, volver. Así sabiéndonos ambos tan sensibles a la responsabilidad, te trataré Del franelero como de una pieza.
Del franelero popular no se aproxima ni cubre por sí mismo las posibilidades del corpus que merece ser atendido. Toda la obra de RR está ligada por señales de un lenguaje netamente autotélico (derramar un diccionario es un acto de belleza). Se hará evidente que estas palabras pretenden, también, ser la astucia que antecede a la definición; meditadas para el caso, plantan miradores, pretenden hacer que el otro comparta mirar donde lo hizo uno. Una palabra ajustada e incomprensible a veces suele señalar rumbos de estudios más atinados.
He diseñado para la ocasión cuatro hipótesis disfrazadas de palabra: pregunta, creencia, el cierto y máscara  para poder reunir ciertas notas verificables de la obra de RR. Aunque DFP como parte, es representativa del todo, la cantidad de publicaciones, reediciones y otros formatos elegidos por Rolando movilizan a una comprensión escópica, pues favorecen, por su orden aparente y escrupulosidad, la lectura. Dada la noción que esta lectura de Revagliatti –aquí, lo que se lee es a Revagliatti- fue dejando en mí con el tiempo, quedarme en esta pieza de escritura sería tratar una bagatela del potencial disponible.
En el “Existidor”, enjundioso ensayo de César Fernández Moreno dedicado a algo más que sólo la escritura de Macedonio, se pueden concertar las vocaciones y actitudes de lenguaje que, a reparo de una tímida estética, relacionan los forcejeos gramaticales y especulativos de Revagliatti con los de Macedonio. Disímiles en tópicos, ambos concurren hacia un proyecto ideológico singular –sin metafísica no hay proyecto ideológico-.  Estos quehaceres iniciados por el “viejo”  perpetuaron su referencialidad tanto como su incógnita… ambos escritores parecen droláticos a priori. Luego se aclaró este parnaso de incultura vs cultura  y, despojados de toda metafísica, los antagonistas sembraron de diferenciación y sospecha cualquier intento de cosa popular. Pretenciosos por demás, miniaturizaron de razones y de atajos de clase toda orientación extracanon; así concluye en sumiso prospecto toda seña de vanguardia. Este sesgo tan nuestro es la apoteosis de la imitación. ¿Qué imita? La inercia extranjera del letargo monográfico. Amago este comentario a riesgo de plantear una interpelación que el presente le debe a todas las estéticas y en particular a cada uno de los antecedentes localistas que tientan comparaciones, a mi entender, muy tenues al evocar autores que sabemos de antemano apreciados por Rolando. Ninguno de ellos postula para considerar a Revagliatti, sus poemarios y Del franelero como de epigonales.  Es notable cuán inverificable se torna cualquier conclusión basada en una semejanza.
Trato estas cosas como trato a todo lo heterodoxo, incluyéndome, contento de que exista la multiplicidad con calidad. Todo este excurso se surte de impresiones que al repetirse, avalan esta primera: La escritura permite nombrar lo que no existe, incrusta al ser en esa inexistencia, dejándole el espíritu alfabetizado; al menos por un rato, se creerá bueno.  Con esta otra: Todos hemos sido homerizados en el deseo de ser escuchados.

Próximo a la mesa, un plato con galitos de ananá y Dinah Washington coquetea con Bill Evans. Llueve, el vasto suicidio de los caracoles babea la pared, parecen hilos de otra lluvia más serena, hilvano, con esta dificultad que antecede, un baremo de impresiones; usamos sin modo ni asco palabras incansables, todas lo son, se desamoran de quien no significa, las toco a todas, nada avergüenza el método para el cual han sido escogidas y todo arde de entusiasmo en los que ignoramos la liturgia cool de escribir descafeinadamente.
Todo lo que estantea en mi biblioteca que sea de Revagliatti, lo he leído… está leído.
El primer ejercicio, antes del acto objetivante de escribir, es repasar la modernidad, lo más lúcido que me aparece es el poeta Marcial… mi escritor por antonomasia;  un desvergonzado metaforizando sin decoro sus relaciones y vínculos con crudeza. ¿Por qué lo cito? Es que no he leído lo suficiente de lo que ofrece la “literatura pura” y su correlato nativo; porque tiene vitamina C y E, C de contundencia y E de elocuencia. Actuales, sin mucho acomodo, pueden ser también, Estacio, Aulio Gelio, Canio Rufo, Donato, Victorino, Marso. Hay rumores argentinos de una modernidad ¿más lograda que esta? Vulgaridad con mayúscula; inteligencia para informar con desparpajo la ruina social y la miseria de todos los tiempos. Romper con todo ¿es hacerlo bien? El desenfado encuentra al lenguaje con lo real del sermo, a la vulgata le debemos el vigor y la sobrevivencia histórica del arte de escribir.  Sucedáneos sencillos, nosotros horrorizados frente al pasado. Lo difícil se cuela entre lo fácil para que no nos engañemos.  Ahora suena Korngold con “The sea Hawk” y “Captain blood”.
Me convienen estas frases y les agradezco: “man lernt nichts wen man Ihn liest, aber man wird etwas” es de Don Goethe (por Winkelman); “Perdemos el gusto, pero adquirimos el conocimiento.” (Voltaire); otra desigual es de un poema azteca donde un guerrero dice “por qué han de perecer los hombres -que por ti- gritan, gritan a la verdad queriéndola despertar”.  Me acompaña el temor de estas posibilidades: convertirme en lo que leo y que lo que leo se parezca cada vez más a lo que veo… Entonces, los que no leen ¿se parecen a lo que ven?

LO LEÍDO HA SIDO POR FIN SUBJETIVADO
Viendo el uso dialéctico que la psicología antepone al acto explicativo, comprendo el rol absoluto que las representaciones autosemánticas tienen en la escritura de Revagliatti. De lo contrario me quedo con el pintoresquismo eufórico de un rato.
Acometo Del franelero popular, una lógica sin intimidad con otra zona de juicio con moralina; detrás de toda gran frase se esconde una mejor… ¿Escuchaste, lector, el segundo en el cual RR, agotado su gárrulo contra nosotros tal un sacerdote “cachador”, te sacude con guasa y despección su mundo contaminado de sensorialidad? Te saca del dogma al que te apegas con resonancias pasadas, porque este poeta ancla sus significancias en el pasado del descontento. Para materializar la resignificación, la mejora quirúrgica de frases que se sospechan ya inútiles, ya minusválidas. Sólo donde el universal ha dejado de ser folklore, Rolando las reescribe las más de las veces unívocamente; otras, inmejorables.

Suena Dinah Washington, me avisa con “trouble in mind” la hora del fósforo con el espiral, los mosquitos se aíslan, flotan estrategas de mi sangre, Kant contrapone el hambre del mosquito diciendo que no puede ser, a la vez, virtud y derecho o también mosquito y hambre. Según obre, en las fases de cada situación, lo percibimos uno u otro; Aquino, de acuerdo a la solución escolástica, divide la virtud moral del hambriento mosquito en esperanza, temple y fortaleza (es lo que lo hace volar en realidad), justicia es sólo el grado de no dejarse picar. Aristóteles le confiesa a Alejandro, un discípulo más que tuvo, su temor a ser picado por el valor del mosquito (léanlo otra vez y verán que no exagero), dejando reservado el acto final de donarle sangre al insecto, a la justicia especial que dividía (quién no se acuerda) en distributiva y conmutativa. Para rascarme lo oculto, prefiero a Lock cuando dice que percibimos la cosa recién que otras pequeñas se juntan para recubrir su esencia de sustancia. No flít, fly.

DEL RIÑÓN ANALÓGICO
Toca el vamos de la idea que fructifica permanente de cara a un lector profanado por el calibre de la ocurrencia. Ingenio era, más ingenio lastimado.
Distintos urgentes: la pregunta como estamento analógico aparece al ojo infecundo como extravagante… Error. No, así no es. (Qué alivio es abandonar la tiranía de lo simple.) Decir así no se hace y respirar aliados de la melancolía; el cierto y la pregunta que tan bien se textacogen para el franelero. ¿Cuándo una pregunta es analógica? Sólo cuando es el objeto mismo el que la formula y la respuesta semeja una propiedad cuyo rasgo es detener el flujo inquisitorio y crear un bienestar en la mismísima impureza que delata, es una mayéutica que tiñe al lector con sabiduría mundana y propia, anulando su esperanza de todo conocimiento egoísta y ajeno.
Zulema, ¿acogiste a Benjamín cuando era libro?
Rolando, ¿te censaste la testa de puro macanudo?
¿Los consejos delirantes, los misterios de tu salud, las cínicas privadas te fomentan?
¿Te das cuenta, Zulema, cuál es su lema?
¿Te hablaron para venir o te callaste?
Acá van los que acaban.
El síntoma de mis montajes apócrifos (bendito artilugio) parodia la morfología inversa de su técnica haciendo aparecer a la pregunta como sujeto lógico y grado del más ajustado absurdo, no es un mero recurso, gravita la estructura mental de una personalidad inconforme y renuente de lo que critica sardónico. No hay facilidad más aparente que esta, el que se ríe también es víctima (al darse cuenta). La razón del ejercicio se agotaría en un novato (¿quedará algún maestro en nociones recónditas?) con sólo querer repetir y repetir preguntas de este tipo. Hecho que lleva al reposo semántico del sinsentido.  Eso no es Revagliatti; con la anuencia de Husserl, este franelero popular es prueba del empirismo como escepticismo. En Versos hasta acá y en Del franelero popular, se hace masivo uso del epigrama, un epigrama acriollado, adulterado por puntuaciones problemáticas que exaltan  y a la vez arman con rigor el error, llegando a tropezar con delicadezas de efecto y de lectura que considero antológicas.
En los verdaderos refranes, que son ahora los que ha escrito Rolando, conmueve el destino de la pregunta.

EL LIBRO, ESE EBRIO DE RUMORES
A falta de palabra para libro, muchas lenguas dicen el lugar para las palabras; en una lengua que prefiero apartar de la consulta, pregunta se dice donde penan las palabras.
Esta insistencia mía con la pregunta es por creerla diseñadora universal del sentido estético y solitario de la poesía revagliana; poética que se desnaturaliza hasta el punto de hacerse diálogo en el otro; así se ha consolidado en Rolando lo que otros autores rozaron no sin preocupación, ungidos en la tontería que disculpa a cualquiera que no quiere adentrarse seriamente en la zona negativa del humor, el homoludens rompe con algunas, sólo algunas premisas de prestigio, conserva las de grupo. Consulto un diccionario de “…” buscando humor y prestigio –aparece como valor potlach que garantiza la proyección- ; para la primera encuentro (as´t cha) de donde te vas y para prestigio-importante (d´ tál na) para que no seas. Qué pobres que somos en esta aldea cuyo diccionario sindicalizó los significados. El franelero no nos engaña, nos vuelve de donde nos fuimos y nos deja ser.
Todo está cautivo de un pacto circunstancial no hay órdago ficcional; Rolando recrea hábitos del habla de los años 40 y 50 que, aunque tardíos para mí, supe estar de niño y como niño dentro de esos estertores sonoros de un argot.  No tengo razones, pienso mal (todo es penuria en mi memoria quieta). La esperanza de poseer un lenguaje nacional ¿funcionó sólo como lengua editorial? La prensa de la prensa ¿mortifica la escritura periférica a los grandes temas con un modelo sitiado por la tradición de lo correcto? La poesía y Del refranero conspiran con alegorías de alegorías… Para la manía de profesionalizar el arte, montaremos un hospital interior que sane, sane, sane al escritor injuriado de garantías de herencias y vernissage, le devuelva la fe en la palabra (aún rota la palabra por la temporalidad, se mantendrá compuesta del imbrico significado…). A tener valor vinimos, también… y hay que escribirlo.

CÁUSTICA DE LOS DÍAS
Me aconsejé para esta parte que suene Rebecca (…un minón inaguantable) o claro, la música de Franz Waxman. Me aconsejé evitar, con amoroso desdén, ejemplificar (me resulta un recurso escolar). ¿Cómo cometer esa facilidad? Incomódese entonces y busque. Uno se pervierte en la brevedad del concepto y place, place, que place.
Un personaje me acompaña siempre que escribo, es un demonio metálico que llamo “el Hemismocario”, se parece a un perro sucio de alegría que me ladra justo, justo que lo voy a hacer bien, un sarnoso que llora si no adjetivo o asevero que camino en mi propio reñidero estético: el adjetivo ¿A la siniestra o a la diestra del padre? Atento al significado, recuerdo que la forma carece de sentido si no guarda secretos.
Se nos ve acomplejados con términos: verdad, real, popular, adjetivo, oscuro, género; el conductismo social emerge en los poetas con paletas “minimalísimas”,  vanguardia es la más ominosa esperanza de uno solo atrincherado contra un pacto de zonceras: La tribu urbana tiene un plan, el de ignorarse publicando.
El cierto de RR tiene por forma la exageración, una membrana locuaz disfraza sus aciertos de obvios. Su foco es tan necesario ahora, pero su preciso acabado lo deja sin continuadores, hacerlo bien es su condena. De fondo me desbarata la fantasía para saxofón, dos cuernos y cuerdas (w 490) de Villa-Lobos. Me desbarata un poco más…
En el discurso revagliano viaja un trío prenatal –es un niño que forcejea con el silencio-,  unido a fuerza de oprobio y desdén, pipetas de desdén. Del franelero  popular tiene algunas insolvencias cuyo descuido lo planifica el oficio. Con otro ejercicio fenomenológico, trato de degustar, prefiero este error pues talla un soberano de ideas donde sobran lectores confundidos con el aspecto popular del ideario revagliano (aspecto muy cultivado en él por él). Un esbozo infeliz pero vital el mío para esta hora tan silenciosa y amistosa de la poesía. El caso es que la poética de Revagliatti (¡sí!, hay poética porque hay recursos propios, descuido y una saturación de “insertos estimables”) cree en las palabras que, si se las deja solas, fecundan ideas. No es un secreto el cómo lo esencial de la vida evoluciona hacia la frase, la palabra nos escucha, habla de nosotros, se acomoda misericordiosa por un tiempo hasta que comprendemos y entendemos por el verbo de la idea. La escritura se deforma en presencia de nosotros, se vale de la plasticidad de los verbos. El verbo es un despavorido sin dueño que trasvasa sentido de lo intelectual a lo popular. Sea una entidad mayoritaria, una colmena, un hormiguero, todo se desplaza de lo falso a lo necesario para vincularse o alimentarse; es intelectualismo el acto de cargar y descargar de la experiencia y de la lógica, la mercancía de esta criba y de esta estiba es el objetivismo, nos ilustra con ilusiones, se oculta en ritos de apariencia para supervivir en forma de oralidad.

EL ESTRO LOCUAZ
Al Hemismocario (el perrito sucio que me da letra) le gusta la música de “The 4 horsemen of the apocalypse”, dirigida por André Previn, un viejo hallazgo ¿Me querrá decir algo el perrito? La perfección y la norma inmovilizan, es la prolijidad lo humano más posible y a ella se adhiere lo posible, se sujetan las repeticiones; cuán valiosas son las repeticiones, la restauración del yo perdido en las fantasías de la comuna. Me fascino repitiéndome, lo que no se repite se propaga. Cuando me repito, me cristalizo, me hago precioso. El vocablo que encuentro para repetir sirve además para intuición: dra´smá. Cuando intuimos, ¿qué repetimos?
El poema en RR es una épica que nace en su niñez, véase para ello todos los poemas que no pudo escribir por ser niño… La infancia es el estado semasiológico ideal, las semblanzas no son expositivas, se vive fuera de la explicación. El grado de la palabra-objeto hace de su escritura algo contingente, pertinaz. Ambos, el poema/ta se mutilan, esto se percibe en la voz de Rolando, que nos hace escuchar claramente la creencia que de su obra tiene. Ravaisson en El hábito disuelve el fondo y cree ver una dialéctica del apego hacia los bordes, tal una cenestesia agónica que mata todo intento de escritura nuclear ¿Quiere alguien ser un escritor nuclear? Creencia aquí no es el cristal ideológico sino la noción más autónoma de una cosa cuya relevancia es la de entablar discusiones sombrías con lo natural, la verdad aparece como un secreto entre cornetas; dos grillos que pretenden los ignore la tarde… escucho su voz (Rolando está leyendo) y no me engaño, es una oración que reclama se reinstaure el malentendido creador, quien le dicta la frase o poema es el vackta protoforme emergiendo en pequeños dilemas cotidianos; él está ligado a esta sonofilia siempre anterior a su escritura, esta cajita vocal de poder, toda garganta es un tobogán anudado al cuello. Rolando es un poeta cuando lee y un actor cuando escribe… y la voz es un mensaje, en este poeta lo encarna… ¡Tiene un mensaje!... Tiene un mensaje lo que no quiere agradar. Un vicio de elocución, artero, que proviene de cuando Rolando lee en público, repite y amplifica sus lecturas, es la perisología, un teatro fónico de énfasis en la dicción.
El Hemismocario quiere que me retire.
- Ya es suficiente Battilana, andate y dejame con Bobby Hackett y Jack Teagarden, vas a terminar como Feijóo, feliz por ilegible o real por irrepetible; soy un demonio femenino, te habito como pecado artificial.
Le contesto que esto es apenas un esbozo, un tributo de lo que puede un dios alienígena en curso, siempre en curso:
-Dame una oportunidad, un amigo es una ¡oportunidad! ¡Una negligencia! No me abandones, voy por el accésit, sóplame algo conmovedor para esos finales que me salen tan bien.
Esta demonio, cerbero de mis diccionarios, que me cacheteaba de niño gritándome metáforas existenciales por urgentes. Parásito ella de mi nombre o fastidio de amor, era entonces que corría y me tiraba debajo de mi sombra; me hacía soñar que masacraba peces hundiéndolos dentro de vasos con aceite de mamá, me atormentaba a palabras y significados; mamá estaba en todas las ventanas del día con vidrios que blindaban a la casa del mundo, sin saberlo, papá sembraba puertas para que me haga triste y aparezca el hombre de mi nombre; el Hemismocario quedó en un frasquito que enterré en el gallinero. Cesar para ser poeta.

PEQUEÑO  ESCOLIASTA ILUSTRADO
Un rumor a poesía suena a frufú: seda, beso de nadie… la mano se cansa en la seda por eso duerme en la carne, los ojos se fatigan en la forma de una lectura que por demasiado ortodoxa nunca será original, la ilusión de este valor es una intuición didáctica.
Qué alivio Rolando que no frecuentes esa salvación: una meta es decirte, Rolando, que a pleno tu poesía está en situación anfibológica total… Así declaro resuelto el cogito que apenumbra la poca comprensión que de tu obra se oía por ahí. Traduzco a Pitio, el emocionado, donde dice: “No vituperes la esperanza que la amistad brinda, esfuérzate en ponerte a su altura”.  Me traduzco cuando digo: “Lo bajo acudirá a ti tantas veces que confundirás lo real con la vida y así parlotearás exagerando de lo que te agita las horas. Otros repetirán tus gestos; inflamados por la elocuencia de lo simple, escribirán versos de los que ni siquiera dudarán los asnos”. De esta caricia emergerá la siderita siempre vulneraria en la sombra.

EL INTUS Y EL EXTRA
Para esta máscara poética ignorada por el escudo social, el vértigo sin la derrota. La máscara poética es una piel ajena y sinérgica para el desahogo que nos torna más posteriores que anteriores a nosotros mismos, hay reclusos de esta pantalla marchita de símbolos… el tiempo fructifica en el estro poético (Vivaldi con su “estro harmónico” hace sonar a la eternidad que concibe meretricia de favores y de muchachas hormonadas de ganas, la espera entre orgasmos es un luto que consuela manoseando a las expósitas sus turgencias. Ellas gritaban: “salvami dei poeti che il culo me lo cura sola”, etc., etc.): finge valores, jerarquías, finge cuerpos; no hay sombras para estos objetos, todas huyen hacia la poesía; en sombras vamos, salvo en el aspecto.
Lo bueno en un poeta es ese estado adánico de vivir eternando la primera vez pudiendo sólo poner por escrito la última, mientras un hacer simultáneo lo condena a la quisicosa de vivir como eterno (el amor es la máscara de la eternidad), con esa fraseología terminal de parecerse a lo que cree o de escucharse alguna vez entre los manes citado.
Qué dicha la mía de mántica inmóvil, poder escribir así tiernamente para un amigo que será otro al cabo de leerme, aunque atrevo antes de perderte que tan estólido no soy al suponer que uno pretende valer más que el lenguaje que usa, que somos grandes para morir y ya es hora de borrar todo de un poemazo.

Daniel Battilana. Haedo 2007

miércoles, 8 de agosto de 2012

COMENTARIO


MÓNICA ANGELINO : “ESTIGMAS  DESECHOS”,  Editorial Artesanal Kereme, General Rodríguez, Buenos Aires, la Argentina, 2011.

          La autora de este libro valioso en primera instancia por el esfuerzo de “lo artesanal”, que como tributo a la poesía se labra lejos de los mercados habituales, se pare con la humildad con que también debiera parirse el poema, en todos los casos e ineludiblemente. Ella en su prólogo nos habla de su acercamiento, en calidad de alumna, al taller de poesía de Rolando Revagl iatti: “Me encontré con un hombre de a ratos desopilante, histriónico (…) A poco de andar fui descubriendo a la persona detrás del personaje. Al Rolando que ve la vida de una manera desesperanzada (…) Revagliatti no tiene otra ambición como coordinador que no sea provocar la palabra hasta que la palabra estalle con la voz propia y visceral de cada quien: única”. Realmente Angelino da una exacta visión de lo que los verdaderos  talleres de poesía, “tan denostados”, deben proponerse como actitud y objetivo fundamental, esa detonación que  tiene que ver con romper lugares comunes, modos reiterativos, miradas habituales; un verdadero taller da la libertad interior como para que la palabra golpee con voz nueva e identidad sobre el cuerpo y sobre el papel.  Revagliatti lo ha conseguido, dado que Angelino presenta en este libro una suerte de correlato, cada página incluye un trabajo del poeta, y a su lado una, podríamos decir, síntesis de ese poema, y digo síntesis como podría decir rastro, traza, señal, borra, sustancia elemental; saca el hollejo, deja la semilla y la pulpa.  Angelino trabaja sobre los poemarios de Revagliatti titulados: “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):” -ya comentado en “Poesía de Rosario”- y “Desecho e izquierdo”.

          No es fácil ni ligero hacer este trabajo interpretativo, re-creativo, yendo al meollo de la cuestión que suscitaría cada poema de Revagliatti.  Angelino sabe desbrozar lo contingente y va a lo seguro, a la médula o al resumen de todo un trayecto que garantiza, si no un decurso explicativo, sí una sensación que no importaría de dónde proviene sino como se llegó a ese extremo.  Leo en los poemas sintéticos de Angelino, un profundo conocimiento de la obra de su maestro y también leo una intención de dejar plasmado un remate inesperado, un abrupto final que en algunos casos  hace paralelas  ambas emociones más allá de las palabras.  Creo en las simbiosis, en las transferencias,  en  los símiles, aunque debo destacar con voces absolutamente diferentes, a pesar del maridaje intencional que se propone esta muestra, asegurando  que los disparadores que otros poetas nos acercan ponen en funcionamiento esa maquinaria bella y aleatoria que es la creación.


Comentario bibliográfico sobre “Estigmas Desechos” de Mónica Angelino (volumen que incluye poemas de Rolando Revagliatti), realizado por Ana Russo en la revista “Poesía de Rosario”, digital, nº 20, 2011, editada en Rosario, Santa Fe, la Argentina, y dirigida por Guillermo Ibáñez.



sábado, 18 de octubre de 2014

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


Comentario bibliográfico de Nel Amaro a partir de la primera edición de “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):” de Rolando Revagliatti (Libros del Empedrado, Buenos Aires, la Argentina, 1993), publicado por entonces en una revista de España.

           Ya está aquí, ya llegó, ¡Rolando Revagliatti!, uno de los poetas “hermanos” al que se le espera, se esperan sus poemas, con ansiedad, pues sus libros no dejar lugar para el aburrimiento o la indiferencia, tremendamente densos, repletos de guiños, descaradamente anárquicos, jubilosamente eclécticos e iconoclásticos.

          “De mi mayor estima (si mal no me equivoco):” está en la línea de anteriores libros, y este poeta y dramaturgo, ampliamente conocido en España por su continuada presencia en revistas literarias (“P. O. E. M. A. S.”, “La Factoría Valenciana”, “Primacía”, “Aldea”, “Ráfagas”, etc.), no deja de hacer de las suyas con unos versos explosivos y que, tanto a diestro como a siniestro, reparten bromas pesadas y críticas durísimas en clave de mucha risa. Él entra a saco en los buenos modos poéticos, le pierde el respeto a rimas y leyendas y no le hace asco ninguno al terrorismo lingüístico, retorciéndole el alma y cuerpo a las palabras, para obtener unos resultados desmedidos y realmente plausibles.

          “¿jacinto, a usted le calza cómodo: alnado, ebrioso, donostiarra? ¿jefe militar alto? ¿paraninfo? / ¿usted calza, yessi?” (pág. 111), uno de los centenares de ejemplos de un Revagliatti díscolo, hacedor de juegos pirotécnicos enormemente efectivos y sinceros, pues no es de los que gasta la pólvora en salvas, sino que su ideología, su compromiso, comparecen de principio a final, en los más breves y en los más extensos poemas. Toma parte y partido por los suyos, sin necesidad de renunciar a una estética divertida, multicolorista y atrevida en su todo: “¿herpes, dónde? / ¿tropas, opio? / ¿de ocupación, de los pueblos?” (“tango para final”, pág. 106): producto de una de las mentes (creativas) más lúcidas de las que nos visitan.
Torrencial y prolífico, sin peyorativismo por nuestra parte, todo lo contrario,  arremete contra los mitos y las mitomanías, prescindiendo de mayúsculas en sus poemas, esparce bacilos y bacterias gravemente contagiosas.

          Los próceres y engreídos pondrán distancia entre ellos y sus versos, para regocijo de Revagliatti y sus incondicionales, en lenta, pero imparable expansión y gracias a libros del calibre de éste, que cuenta con padrinos de la credibilidad de Huidobro u Oliverio Girondo, “si mal no me equivoco” (pág. 115). De mi mayor satisfacción leer lo más reciente de este autor, pues además, y como a él, también “me entonan los surrealistas” (pág. 39).

sábado, 16 de febrero de 2013

NOTICIAS


La obra poética de Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), por lo menos la que nos motiva a este trabajo, se vivenció y escribió en el lapso que va desde la aprobación de las leyes de obediencia debida y punto final (mes más o mes menos) hasta su anulación por brutales e increíbles, y aun algunos tramos más acá. O sea, en años en que la democracia turca, o virtual, o como se le llame, dejó un pozo, entre el cablerío cortado y la pared caída. Tiempos, recordemos, de los grandes desembarcos y de las apuestas mayores, también en la cultura, con su producción de humo y de reflejo. Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe --tantas veces así lo imaginé-- contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos y tensados poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra --y además hábitat de crecimiento de este trabajo--, surgen por sí solos al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.


Prólogo de Eduardo Dalter para las ediciones soportes papel y electrónico del volumen “Revagliatti – Antología Poética” con selección de su prologuista.

Eduardo Dalter -Buenos Aires, 2008-

martes, 6 de agosto de 2013

EPÍLOGO (III)

IV

          Inmanencia es una divinidad terrestre que inventé hace un tiempo,  y a quien imaginé dispensadora de dones especiales, como  las delicias del amor, las peripecias conyugales, las temperaturas agradables, la saciedad, los juegos..., es decir, eso que en tanto Diosa le competería. ¿No la han visto atravesar descalza los jardines de la casa de Rolando? ¿No se percataron que charlaba con Nicolás Olivari, con César Vallejo (ni una lágrima en ellos) y con un Oliverio des-solemnizado hasta los tuétanos? Inmanencia,  la Diosa,  hacía su trabajo.
          Y el poeta, por su parte, espigaba unas líneas a su  amada:
          “Seguirla”:  Se refugió la perinola de tus pretensiones/ en el cuchitril de mi indolencia/ halló la calefacción exigua/ que dejaba en la almohada mi cabeza//
Me arrojé a mis brazos/ cuando supe en lo hondo/ que maltrecha y dormida me esperabas/ para seguirla/ todavía.
          No tocamos una cuestión menor cuando, remitiéndonos a algunos conceptos de Harold Bloom, pretendemos señalar   precursores en la poética de Rolando Revagliatti.
          ¿De qué se apropia nuestro poeta, qué rechaza, en qué medida la tradición deposita una antorcha en sus manos para que su poesía avive o desmerezca el fuego?
Olivari, Vallejo, Huasi, Girondo, no conforman una línea de cuatro impasable y, sin embargo, defenderían  buena parte de la forma expresiva que eligió Rolando (eligió, en este caso, vale tanto como decir  fue elegido).
          Decíamos de aquel jardín despojado de los lamentos de  Olivari y Vallejo, lugar donde  Girondo no pudo ser solemne: ellos donaban familiaridad,  materia vinculante.
          Rolando, desde una absoluta inmanencia, ha capturado ciertos datos, ciertos significantes de estos inolvidables poetas, aunque en un aspecto tan particular que las conciencias desgarradas de Vallejo, Huasi y Olivari no vuelven  recicladas, infladas de sí. La problemática es distinta, el drama, otro. Drama que a partir del título delimita un “hasta acá”, como dando a conocer el campo operativo de sus conjuros poéticos.
          Hablo de una riqueza desplegada en estas OC.

Epílogo de José Emilio Tallarico para la tercera edición soporte papel del poemario “Obras completas en verso hasta acá” de Rolando Revagliatti.