Hay que mirar desde sus mismas nubes blancas. Sentarse en las almohadas de sus lirios sobre la cama.
Hay que arriesgarse a ser mujer cuando se ama una mujer. Ser un gran oído que nunca se cansa. Estar presente como una latido cuando ella te habla.
Soltar todos los agites y serenarte. Quedarte sentado en el olvido. Detenerte en los detalles. Esos detalles que parecen desapercibidos en lo cotidiano.
Hay que arriesgarse a preguntarle como se siente. A escucharla como si fuera las olas de un mar azul el que te hablara.
Conocer de sus estaciones. De sus ciclos lunares. De sus anchuras y estrecheces. De sus ríos, de sus Lagos, de sus bahías.
Hay que ser un místico cuando se ama a una mujer. Conocer de sus silencios. De sus emociones. De sus delirios. De sus discursos llenos de detalles. De sus bioquímicos. De sus perfumes. De sus jardines. De sus hijos. De sus amigas. De sus miedos. De sus anhelos. De sus padres. De sus abuelos.
Hay que arriesgarse a ser mujer cuando se ama a una mujer.
Sólo de esta manera la amaremos como verdaderos hombres.
El amor es un acto profundamente femenino al que todo hombre tiene derecho.
Juan Ramos Cardozo
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