La vía muerta me miró fijamente a los ojos.
Le dije que le regalaría un museo de cera.
Sonrió como un oficinista un lunes de puente.
Le toqué las glándulas sudoríparas con garras de astracán.
Me abofeteó con su una mano llena de raíles.
Y cada uno siguió su camino hacia el espejo.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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