sábado, 29 de julio de 2017

V


¿Qué hacía yo
en medio de esa gente?
¿De ese pueblo a obscuras?
¿Por qué me llamaban al oído esas palabras?
Deja la luz a medias
No hay necesidad que te desvistas.

Amarnos así
Sin tocarnos
Sin miramientos
Amarnos sin ni siquiera vernos
Con la luz baja
Sin mirar culpas ni querellas.

Allí te amo
Como tú lo propusiste
Sin ni siquiera desnudarnos
Sin escuchar tu respiración
Sin escuchar la mía.

¿Por qué al salir del cuarto obscuro
corría esa brisa redentora?

Las ágoras estaban pobladas de caras sonrientes
No reconocí a nadie
Pero la brisa seguía llegando
Y la luz de un sol lejano
no encandilaba aquel camino.

Del libro La dulce Aniquirona de Winston Morales Chavarro -Colombia-
Publicado en Editorial Alebrijes

ACTA DE DEFUNCIÓN


La muerte de un infame
Se murió el gran gusano el cretino la gran hiena
ahogado en su propia baba de bilis antropófaga
se murió el capitán de cloacas y lavabos el nefasto
ahogado en su mar de venenos en su gran ola de muertos.
Se murió el genitor de esmas el patrón de la mierda
el húmedo árbitro de vidas y vuelos de la muerte
se murió el palmípedo voraz el emplumado fósil
ahogado en la viscosidad de su saliva tóxica
una diarrea con moscas muertas se le agolpó en la boca de
comulgar y compraventa y le asfixió las órdenes
los dictados de tortura y bala de picana eléctrica
se murió la bolsa de basura el vejete extorsionador relleno de soberbia
un pedazo de la bestia carnívora
ahogado en tanta sangre ajena
tanto festín de putas delirios de grandeza oh todopoderosa cría
del infierno! Se murió ahogado el decrépito rapaz
el violador el gran escupitajo del último círculo
se murió de un derrame infecto el verdugo
el desaparecedor el capo del espanto
en la cama de un hospital el muy secuestrador
tan cama-pozo-negro alabado por ratas cuervos
hienas escuerzos y alacranes tan rodeado de muro
de pura luzmemoria que le mordió los huesos.

GABRIEL IMPAGLIONE -Argentina-
Publicado en Gaceta Virtual 125

NADA


Mantenga la calma, mi hija, no hay nada,
y todo es como se ve: el bosque, el humo y el riel en fuga.
En algún lugar lejano en una tierra lejana
se encuentra un cielo más azul y una pared con rosas
o una palmera y un viento más suave
y eso es todo.
No hay nada más que nieve en la rama del abeto.
No hay nada que besar con los labios cálidos,
y con el tiempo todos los labios se vuelven fresco.
Pero tú dices, mi hija, que tu corazón es extraño,
y vivir en vano es peor a morir.
¿Qué quieres de la muerte? Sientes la repulsión de la mortaja
y no hay nada más desagradable que la muerte por propia mano.
Debemos amar a largas horas de la vida de la enfermedad
y ajustados años de añoranza
tales como los breves momentos en los que el desierto florece.

Del libro El país que no es de Edith Södergran -Suecia- Traducción Hebert Abimorad
Publicado en Periódico de poesía 99

AGRESIVIDAD INAUDITA, AMOR


Puede que para ti sea fugaz
que tu cárcel sea una pluma
y que tus elementos emanen polvo.
Dame dos segundos de pensamiento.
Uno, tres o cuatro.
Da igual la cantidad de tiempo.
Un golpe,
simbólico,
tal vez dinamita.

Ceguera
Pobreza mental

Tu cárcel de pluma te ha condenado.
Y para siempre, para siempre.

Beatriz Pérez Sánchez -Barcelona-

LOS NUEVOS DIOSES


Basado en El Alimento de los Dioses, de H.G. Wells

Wells formuló la teoría. Charles Mortenson la llevó a la práctica experimentando con animales. El laboratorio Foster&Brothers patentó el invento y lo produjo para humanos.
Todo correctísimo según las leyes de mercado. La fórmula Estrella era carísima, y solo se la podían permitir los grandes capitalistas y los estados poderosos para fines militaristas secretísimos.
Esos nuevos seres, agigantados de forma antinatural gracias a la pócima de los laboratorios, requerían ingentes cantidades de alimentos. La población, al contrario, cada vez tenía más hambre, porque los recursos escaseaban. Ahí actuó el ejército, con sus divisiones especiales de superhombres gigantes. La represión hacia los famélicos habitantes del planeta se hizo general, y un estado dictatorial, dirigido por los gigantes Estrella, controló el poder y los recursos energéticos y alimentarios.
A pesar de todo, no había suficiente para todos. Por eso, apenas cien años después de que los primeros hombres consumieran la Estrella, sus descendientes, ávidos de poder y comida, utilizaron al resto de la humanidad como alimento.
Al fin y al cabo, se consideraban dioses, y aquellas miserables criaturas, lloriqueantes y desvalidas, no eran sino ganado para sus nunca ahítos estómagos.

FRANCISCO JOSÉ SEGOVIA RAMOS -Granada-

ENSIMISMADO


Ensimismado,
preguntándome si la vida es un lago o un acantilado,
un foso o un volcán,
recuerdos viejas sonrisas,
promesas que no dijimos
y un arroyo tibio surge de mi garganta,
anegando la poderosa y dulce ciénaga de los recuerdos.

GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-

viernes, 28 de julio de 2017

LEONOR


Una bella música saludó a los familiares y amigos del Leonor. Iban a darle su último adiós. Después de una larga vida llena de penurias, de sacrificios y sufrimientos, Leonor se apagó lentamente como el pabilo de una vela. No hubo ningún viento fuerte que acelerara su marcha. Leo no quería irse pero se fue como siempre con la sonrisa reflejada en su cara. Ella siempre afrontó su vida con alegría. Nada la desanimó. Supo dar a cada uno de sus hijos un buen futuro. Después vio nacer y crecer a sus nietos y se sintió tremendamente feliz. Ahora veía que su trabajo había alcanzado el éxito.
Sus días difíciles quedaron atrás. Tuvo que trabajar muy duro, muchas horas para dar de comer a sus ochos hijos y pagarles una carrera. A veces suplicó y lloró para que no la echaran del trabajo. Nunca le importó humillarse. Necesitaba el dinero. Sus hijos tenían que comer todos los días. Un día sin trabajo era un día sin comida. Aceptaba todo. No le importaban las horas si le pagaban bien. En los malos momentos a punto estuvo de prostituirse. Pero en el último instante algo la salvaba de dar ese paso ominoso. A veces soportó acoso de los desaprensivos de siempre. Supo defenderse y ponerlos en su sitio. En su mente quedaron marcadas muchas cicatrices que nunca desparecieron, que de vez en cuando le dolían intensamente. Por suerte ninguna enfermedad grave atacó su cuerpo. Al menos en eso la suerte le sonrió. Envejeció lentamente con los huesos doloridos y el corazón agotado por los esfuerzos.
Los últimos meses sintió rondar la muerte a su alrededor. Hasta soñó con ella. Era muy distinta a la que aparecía en las películas. Era un ser blanco, sin rostro definido que portaba en sus manos un libro y una pluma negra de afilada punta. Dos días antes de su muerte contó a una de sus hijas, que la velaba al pie de la cama, que la vio la noche anterior escribiendo en el libro.

JOSÉ LUIS RUBIO