Parecería que voy a internarme en la poesía
De las Mil y Una o en el Kalevala,
Acompañando al viejo y gran Vainamoinen,
Al soberbio Kokomieli… No.
Hablo de maderas admirables. Como podría agregar,
En otras direcciones, los corchos extremeños,
Los mimbrales, cercanos de viñedos,
Los abedules fantasmales y los cipreses
Del pantano. El lapacho, de flores amarillas
O blancas o rosadas del Chaco,
O el quebracho de los durmientes del corcel
De hierro,o el pino de los obreros,
O las maderas delicadas que transportaron
Madonas de Fra Angélico o Mona Lisa Gioconda
De Leonardo.
La madera –las maderas- nos han acompañado.
Las hemos utilizado de mil maneras.
Oh, aquel glorioso gorro del ganapán
En el grabado de Durero, que mientras baila
Con su digna y gorda compañera, luce en el gorro,
Con más gallardía que una pluma de faisán, atravesada
Su cuchara de madera, compañera de vagabundeos; tan útil
Cuando encontramos una mesa servida que nos invita,
O un fogón de camino con otros goliardos.
Las maderas estaban en el bote donde dormitamos
En el Caraguatá en una pesca diferida;
Las maderas estaban en las nobles sillas
artesanales, en el camastro de estudiante,
En la mesa familiar,siempre despareja;
En las puertas y ventanas. Para mirar el cielo
O caminar la tierra. Con sus maderas repintadas y curtidas
De intemperie, allí estaban.
Estaban en “Mi prima Águeda” de Ramón
López Velarde, cuando transforma a la adorable
Prima en un cesto policromo protegido” en el ébano de un armario añoso” O en “El
abuelo”
Del poema de Benavides, que para escapar
A la gente –fumaba en secreto-“se transformó
En un armario”. Las maderas…,
Estaban en los postes y tranqueras. Pulidas
Por el tiempo. Tal vez estén conmigo
En la otra barca que prefiero diferir
Shelley Fagúndez -Uruguay-
Publicado en Periódico de Poesía
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