“Como, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor”. (Jorge Manrique)
No me digas, amigo, que envejeces,
que no son ya tus músculos de acero,
que las jóvenes pasan sin mirarte
y hay cierta inconsistencia en tu cerebro.
Eres álamo al borde de la vida,
de ese río fluyendo
sin detenerse, en permanente canto,
que, si bien se repite, es siempre nuevo.
Río que no se ocupa de su fuente,
ni del lejano mar a cuyo encuentro
inevitablemente serpentea;
recita su poema en movimiento,
y saborea cada gota o sílaba
sin plañidos ni miedos.
Encaneces, tal vez, y las arrugas
se anuncian en el cuerpo.
Quizá te aparcas demasiadas veces
enfrente del espejo.
Pasa de largo, amigo,
tú ya sabes quién eres; como el ciego,
que se mira a sí mismo, cada día,
pero sólo hacia dentro.
Los años te mejoran,
siempre traen algo nuevo;
la clave está en mirarlo desde el alma,
y creerlo, creerlo.
Eres tanto mejor que eras de veinte,
mejor que de cuarenta. Tus recuerdos
han sido acicalados por los años,
por eso exhiben deslumbrante aspecto.
No tienes que exhibir, mas ser tú mismo;
más alardea quien detenta menos.
Y tú lo tienes todo, has alcanzado
la edad en que la vida es el trofeo
que se ha ganado a pulso,
y adquiere más belleza con el tiempo.
Tu divino tesoro está al alcance,
y no es la juventud que nos dijeron.
Ésta es trivial y frívola,
raíz de lo superfluo,
y cuanto más hayamos caminado,
mejor lo comprendemos.
Envejece con gracia, amigo mío,
que haber llegado aquí es un privilegio.
Vive, sigue viviendo intensamente,
que todo está en la punta de tus dedos,
a flor de labios, a clamor de ideas,
sin fatídicos miedos.
Lo mejor de la muerte, nuestra muerte,
es que no la veremos.
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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