Hubo un tiempo hecho de hojas
y pasó, como pasan las sombras,
sin dejar huellas en el camino
solo dejó ese regusto a recuerdo
de infancia detenida,
igual que aquellos veranos de fruta robada
y agua en las pozas de los ríos,
allí donde las ranas saltaban
a las bocas insaciables de las culebras.
Tan ajenos al mundo y a sus ruidos
inmersos en las aventuras de los juegos
heridos en las telarañas de los sueños
perseguíamos fantasmas de aire
por las calles polvorientas del pueblo
y por los olvidados campos de olivos.
Nos empujaron sin darnos cuenta los días
y nos vimos sorprendidos, de repente,
en otros cuerpos que no entendíamos.
Luego, se aceleraron los relojes
y los calendarios, las navidades
y los cumpleaños. Nos visitaron
las lunas llenas de las noches perdidas
y otros paisajes nos recibieron
y nos abrieron al camino.
Todo lo demás se borró de la memoria
y ya no recuerdo la ocasión
en que se quebró la vida,
ni los días de llanto,
ni aquel atardecer eterno
en el que en el cielo
se dibujaban nubes de espanto.
Aprendí a mirar con esperanza,
a sacudirme los malos pensamientos
a ver a través de tus ojos de noche
y de tu alma de pájaro.
Y ahora vuelo de nuevo como una sombra
sin dejar rastros por los caminos
reviviendo los días felices de una infancia
que me regresan a la tierra y al olivo,
que me hacen mirar atrás sin rencores
que me quitan el amargor de lo vivido.
Del libro Silencios del subsuelo de
Isidoro Irroca
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