Subía silencioso al piso en el que vivías de alquiler.
Tocaba el timbre para escuchar lo que parecía
el espejo de un carillón en sordina.
Te asomabas al descascarillado pasillo
de babas romboidales
con tus labios de fresas.
Abrías la puerta y veías
una botella de jotabé
y una mano.
Era yo,
el Guadiana,
el desaparecido,
el aparecido,
la sombra misteriosa que bosteza y huye.
Tus ojos dolor,
el cieno de tus transparencias,
toda tú,
sonreías con el sueño de la ternura.
Y,
yo,
nosotros,
bobos,
sedientos de amapolas,
incienso y pausas,
tuberculosos de paciencia,
nos incrustábamos en las entrañas de tu antro,
de tu ser,
porque eran siempre las nueve de la mañana
y se nos olvidaba,
etílicos
la faz del tiempo.
De pronto,
salíamos de beber y libar,
a beber más.
Y arriábamos nuestras borracheras a golpes
de tostadas de paté y café negro,
mientras tus labios
tu sonrisa,
tu camisón negro,
tus bragas de blondas de piernas y viento,
quedabais radiantes y complacidas.
Y volvías al tálamo a abrazarnos
a tus sonrisas de niña paciente
y al sinónimo del abandono.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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Hace 22 horas
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