A Robert A. Heinlein y Miyu.
Me siento débil, ya paso de los treinta y dos años; soy consciente que en poco tiempo iniciaré mi viaje, los problemas digestivos se han agravado.
¿Conseguiré pasar las pruebas para mi derecho a la vida eterna?
Al menos Miu está justificado de voz, seré muy feliz de contar con su compañía al otro lado. En estos años como sumo sacerdote de Thot su amistad me ha permitido soportar los golpes a mi pueblo, las derrotas han hecho que el culto a Amón decayera.
Egipto comienza a ser una sombra de lo que fue, tengo miedo que nuestra cultura sea devorada por la arena.
Los grandes ojos de Miu siguen mis cansados pasos, él también siente que mi tiempo aquí está por terminar.
Quiero preguntarle por qué nos han abandonado los dioses a merced de bárbaros, pero no creo que pueda compartir ese secreto conmigo.
Recuerdo cuando era un cachorro, como corría y saltaba. Ahora también él es viejo, aunque vivirá más que yo.
Hay tantas cosas que dejé de hacer, ahora ya es tarde y me arrepiento.
Miu se incorpora, sus orejas coronadas con largos pelos negros en los extremos captan algo que yo no, mira a una pared y para mi sorpresa una puerta que antes no estaba se ha abierto.
Me asomo con cautela, una amplia llanura se extiende ante mis ojos, en una plataforma están de pie la diosa Maat e Inpu, son los dioses más antiguos; me siento honrado y avanzó hacia ellos sin miedo. Un maullido suena a mis espaldas, Miu se despide, levanto la mano y susurro: "¡Hasta que nos volvamos a encontrar viejo amigo, esta vez para siempre!".
Ariel Carlos Delgado (Colombia)
Publicado en la revista digital Minatura 154
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