Esta noche se presenta tormentosa, de las que dan miedo y aterrorizan, de las que invitan a no salir de casa ni para lo indispensable. Después de cenar y con la luz apagada me voy al dormitorio a tientas. Entro con algo de temor, ya que oigo silbidos por todas partes de la casa; tal vez el viento o algún animal nocturno, incluso me parece percibir sonidos similares a aullidos de lobos. ¡No puede ser!
Enciendo la luz y, en un pis pas, me meto en la cama a la velocidad del rayo. Apago la luz. Todo queda a oscuras. El agua cae a raudales y empiezo a escuchar ruidos que vienen de todas partes: puertas y ventanas que se abren y cierran, persianas golpeadas furiosamente por el viento… No me levanto de la cama pese a tener ganas de ir al baño. Cierro los ojos con todas mis fuerzas tratando de esa manera que el sueño me venza y así poder dormir y no despertarme hasta que amanezca. No es
posible. La vigilia gana la partida.
Me resguardo bajo las mantas. Entonces escucho como si algo o alguien golpease la puerta con reiteración, imaginando voces fúnebres. Intento -confieso que sobrecogido- no hacerles caso. No quiero saber quiénes son los entrometidos que se quieren infiltrar en mi hogar. La lluvia y el viento afuera han amainado. Los golpes en la puerta, algo más leves, son ahora más pausados, no tan insistentes como antes. Me sereno un poco. Asomo la cabeza al exterior para respirar, me falta el aire,
pero soy incapaz de abrir los ojos. Tengo miedo a no sé qué. No quiero ver nada en la oscuridad de esta noche de lobos.
Estoy solo, muy solo. No hay nadie más que yo en casa. Tal vez por eso el miedo se acentúa más y atenaza mi cuerpo. Regresa la lluvia a las andadas y el viento arrasa todo lo que puede en el exterior; lo puedo oír perfectamente pese a estar cubierto por las mantas hasta las orejas. Creía que había escampado de una vez por todas. Sigo oyendo golpes, esta vez más fuertes, muy seguidos, sin cesar.
¿Quiénes me buscan a mí? No he hecho mal a nadie. Oigo en el reloj de mi salón las campanadas parecen siniestras… La una, las dos, las tres, las cuatro. Todavía estoy en duermevela. Sobre las cinco de la madrugada caigo vencido por el sueño y no me espabilo hasta muy entrada la mañana.
El día ha amanecido con un sol espléndido, como si en la noche anterior no hubiese pasado nada. El cielo está completamente despejado. Las calles, eso sí, todavía están mojadas; hay charcos que ha dejado la tromba de agua, bebedero perfecto de perros y pajarillos que sacian su sed. Estos, con su sinfonía alegre, me hacen olvidar lo sombrío de la borrasca.
Pese a todo, aún oigo esos golpes que, como nudillos, golpean la puerta, pero más lentos, más espaciados y no tan intensos. Ahora sí me armo de valor y, sin miedo y con pasos de gigante, me dirijo al trastero. Abro la puerta de par en par de un empujón violento. No hay nada ni nadie, tan sólo en un rincón un charco grande y una chapa metálica golpeada rítmicamente por el agua de una gotera que cae desde el tejado "¡Qué imaginación la mía!"-pienso ensimismado.
Las noches se han hecho para dormir y no para ver fantasmas donde no los hay, sea noche de tormenta o de clara luna llena. Así que la próxima vez que suceda procuraré pensar en dormir y no en cazar fantasmas inexistentes.
Ignacio Alcántara Godino (Torredelcampo, Jaén)
Publicado en la revista Aldaba 32
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