domingo, 21 de abril de 2019

EL OJO MENTOR DEL INFINITO


Era una noche de filigranas y estalactitas blancas.
Una noche helada tapizando las ventanas marginadas.
Cimbreando la cintura entre los sombríos árboles
la huella del silencio dejó su espada
sobre la reja anclada en el recinto de las magas.
Entre los cirios apagados
descubrió el cuerpo eternizado de los vagos.

Surgió una flor, iluminó el dolor y se apagó en el rostro
de un lozano mancebo, desligado de una rama de castigo.
La huella del silencio se aproximó al rostro y en las tinieblas
observó un ojo, sólo uno, llameando en la cuenca perforada de alegría.
Un ojo vislumbrando la obscena letanía de los muertos
blancos muertos implorando por su estima.
Un ojo vivenciando los dolores de los vivos
sangrantes y sumidos en los horrores de su eterna codicia.
Sangrado derramado en sus costillas quebradas
agudas como agujas, que auscultan las ausencias preñadas de dominio.

El ojo se agiganta
respira los olores nauseabundos del submundo
se encabrita, resurge de las gradas amarillas
y encuentra una tormenta de ironías.
Ironías danzando sus culebrosas vidas, perpetuando felonías
integradas al ósculo caliente del demonio.
Cayendo de los árboles, sabuesos del destino
los indecisos muertos de clausura, espían las pancartas de los vivos.

El ojo se recicla
destraba su victoria solidaria y huye de la siembra coordinada
por dioses y demonios subyugados.
La huella del silencio sonríe ilusionada
y abriendo las compuertas de la nada empuja con su halo
al ojo peregrino
restaurando en su partida sus acervos perpetuos.

El ojo mentor del infinito, inunda el universo de esplendor
ajusta su mirada
explora circunstancias
cubriendo con su manto de indulgencia la faz de los sin nada.
Una flor de evidencias germina en la alborada.

El ojo mira lozano la luz que su vientre exhala.

Beatriz Ojeda

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