Yo le hablo a Dios, casi siempre para pedirle un favor, y en menos ocasiones, para agradecerle por alguno ya concedido. No sé bien por qué, insisto en hacerlo una y otra vez, a pesar de que Él no me responde ni siquiera con un "no hay de qué", cuando yo le agradezco. Curioso un Dios tan callado, casi tímido. Tampoco me regaña, y me parece bien.
Pero acabo de escuchar la voz de Dios, y estoy emocionado porque de verdad existe. Es ese conjunto de monosílabos, de palabritas inexplicables e inentendibles, de carcajaditas, de ruiditos guturales como sonidos de Mozart, y de gemidos y sonrisas que tu nietecito expresa cuando está contigo, acompañados casi siempre de una mirada profunda y dulce que te bombardea con municiones que tienen que ser fragmentos de cielo.
Esos fragmentos de cielo con esa vocecita te los ha enviado el que creías silencioso, con ese diminuto mensajero, minúsculo ángel que de tantas bellas y conmovedoras formas se expresa al estar contigo. La voz de tu nieto..., es la voz de Dios.
Jorge Alberto Velásquez Peláez
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