viernes, 7 de agosto de 2015

ESTIVAL


Las ramas no ciegan.
La acera es un corrector pisando las ganas
y los peldaños asustan.
La nieve derretida
en el páramo que no diviso
ni en las cortinas.
Y la voz se me apaga,
se me desquicia.
El roce asusta el aire.
Asusta la quema de este sol diurno
como la cicatriz de la muñeca.
Afuera
me pesa la renuncia.
Ya mismo he dejado de amamantar la luna
como un libro golpeado por la mediana
del prólogo que evitamos leer.
¡Casi la variedad de un crisantemo entre los cipreses
me esta llevando la sangre a enterrarla en el cementerio!

Esa música es una muerte,
una prórroga para no querer vivir,
una eutanasia lasciva
e incoherente,
de pergamino,
de matices,
de lirismo,
misántropa en el poco aire
que respiro si me siento en el banco.
Me queda siempre algo.
Lo se.
Algo, algo que no intuyo.
Que se me escapa,
se me pierde,
se me comunica entre corchetes,
o paréntesis paralelos.
Se me aturulla,
se me seca.
Y no es el pétalo

ISABEL REZMO -Úbeda-

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