Una mano ligera abre el candado, al mismo tiempo y en el mismo lugar alguien llama estrepitosamente al timbre, pero ella no se mueve del sillón; nada que no sea la pared vacía puede distraerla del placer que siente después de la soledad.
Escrito en el Café de Ruiz / Barrio de Maravillas, Madrid, 19 de Febrero, 2013
Del libro La campana y otros textos de Maite Aranda Jaquotot
Publicado en los Cuadernos de las Gaviotas
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