domingo, 10 de septiembre de 2017
LAMIENDO NAVAJAS
Daniel, mi querido y sabio Daniel:
He pasado mis tijeras por tus textos,
con saña y con amor, para asegurarme
que quienes te lean, sepan apreciarte
del mismo modo que yo lo hice.
Edición a cargo de Alejandra Zetta, La Mujer Lagarto.
I
Yo nunca conocí el nombre
del hijo que me pediste
las noches que como aquella
se mueren por morirse;
me bastaba sembrarte
en los pezones flores
y tenderme a esperar
al antihistamínico estornudo del sol
lamiendo navajas.
II
Yo nunca hablé las señas
de los osarios en quiebra
bajo tu almohada, ni en la serenidad
de las piernas que te trajeron a darte
a mis molinos y hambres
deduje sin espiar la codicia
lactífera por hacerte de ti madre;
y no obstante fui fértil y fui ausente
eligiendo quedarme bajo la higuera
a lamer navajas.
III
Yo nunca fui y aún soy
salitre de prendas dejadas
por volver pronto a la mesa,
un grano de estrés en el cielo de tu espinazo
el deseo de mis propias manos
bañándose en tus cabellos,
y sólo mis manos
para sostener los espectros
que de capricho en capricho te hacías parir.
En tanto, escaleras abajo
el sol embalsamaba los meses
y el asco que nos teníamos
pasaba las noches mirando el rincón
y lamiendo navajas.
IV
Yo nunca me parecí a nadie
de los que arriba aportaron
tara alguna a mi adeene
ni a los que sucediéndome
debieron tener mi cabello.
Olvidé en el cajón la ebriedad de mi padre,
perdí en el mercado
la acaparadora obsesión de mi madre
y mi propio sitio en esta cadena de errores
con el hijo nonato que te llevaste a la tumba.
Por ello y porque no tiene sentido
tratar de multiplicarme con tu adúltero esqueleto
alfombro mis suelos con cuadros
y más cuadros de planco papel tieso
e intercalo mi onanismo diferido
con imprecatorias sesiones de galvánica gastronomía
lamiendo navajas.
V
Yo nunca pacté con la muerte
la muerte de todas tus muertes
ni en el ojo
que siempre había que volver a meterle
hallé lágrima alguna
que pudiese de tu sal salarse.
No me tragué el correr de esa agua
en tu rostro de todas las aguas
por verme llamado pocohombre
mientras de aburrimiento agonizaba nuestro colchón
y desenfundando tú solías amagarme
con el desahucio de una matriz hiperplásica.
En cambio, sí que acordé,
y ello pudiste leerlo en los periódicos del martes,
entregar a sus encías desdentadas
la nudosa severidad de siete de mis treinta erecciones diarias
mientras yo y las tristes venas nos consagrábamos
a lamer navajas.
VI
Yo nunca, es mentira,
di fe de tu cadáver.
Ni con él por las noches,
que como ésta se mueren por morirse,
recorrí vías lácteas y tejados
sacudiéndole de las clavículas los gusanos
o gestándole bajo la falda
una revolución de arácnidos dedos.
Me conformé, es mentira,
con arrastrarte hasta la esquina de algún sueño
y meterme entre los dientes tu cepillada calavera.
Y… ¡Ay!, pobres de los besos
cortados a ráfagas de lengua
¿bajo qué sombras,
bajo qué estrellas se apuñalarán ahora las bocas?
¿Bajo qué losa, entre qué piernas
te secarás ahora la risa si me sostengo
el pene con mis dos manos
y nos llamo, nos llamo
a lamer navajas?
VII
Yo nunca por ser alguien
como los eunucoides figurines de tus revistas
dejé a Dios ensalivarse el glande
ni compré vitaminas ni aprendí a tocar el piano
ni me hice enderezar los dientes
ni todo. Y aún al revés:
Continué encorvándome en la silla
y llorando de cosquillas al terminar de follarte.
Yo nunca mentí al tragarme
la mugre que el trabajo te archivaba
entre los dedos de los pies
ni anhelé cambiar tu vocación de avispa
por la histriónica, ebria, dejadez
de las golfas tristes a quienes me entregaba
y antes de ser tuyo.
Yo nunca encontré hipocampos ni financiamientos
en mi boca las noches que por la muerte de tu noche
pasé y lamiendo navajas.
VIII
Yo nunca olvidé vestirme de ti
al recorrer los pasillos de mi soledad gratuita.
Arrugué mi frente con tu rostro de las cuentas
y le compré a mi voz un clarinete
para sonar como tú tras las cortinas de la ducha.
Me hice a la idea de soñar sólo conmigo
cuando no era yo
y también lloré por todos los perros de la calle.
E ignoré que existieron guerras más cruentas
que el milimétrico delineado de mis cejas;
estuve las horas contándole las costuras
a un par de sandalias, sólo por determinar
si hacían juego sus blancos con el humor
que habría de calzarme el próximo sábado.
Y vestido de ti, y así como tú,
también me llevé a Eduardo al baño de un cine
y le permití eyacularme el ombligo.
Usé sólo acondicionadores de jalea real y otras mierdas
un día sí y el otro también,
pues no atendí a las instrucciones.
Dejé de comer ossobuco por tu piedad a las terneras
y rehusé el pan para no engordarte
y perdí tres kilos criticando
a todas las mujeres que me miraron
mientras no fui tú.
Y hubo un día incluso
en que dejé de lamer navajas
y metiéndome el badajo entre las piernas
y apretando fuertemente, muy fuertemente,
me puse a gritarle a mi retrato;
y terminé tan mojado, tan húmedo
de autoritarismos maternales
que el resto del tiempo lo pasé
firmándolo todo con tu nombre
y aquella manía tuya de clavarte el meñique entre los labios.
Hasta que llegando julio coloqué en su sitio el badajo
y me volví a mi cuna
para seguir lamiendo navajas
y tallar tres abortos y uno en marcha
sobre el muro que daba a la ventana.
DANIEL MENDOZA -MÉXICO-
Publicado en la revista Trinando 14
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