Mi abuela me decía que a los viejos había que respetarlos y escucharlos.
"Nadie comprende a los viejos -decía-, porque es la única etapa de la vida que se pasa al final".
Todo el mundo comprende la fragilidad de un niño, o se ríe de cómo un adolescente trata de epatar, porque se ve reflejado en ellos, al recordar las travesuras o los ridículos que hicieron en estas etapas de su propia vida. Pero cómo entender que a los ancianos se les olviden cosas, que les tiemblen las manos, que simplemente no puedan oírte…
Cuando estaba en el pre-universitario, entre tantas tonterías que nos dedicábamos a hacer para gastar libretas, mis amigas y yo escribíamos un cuaderno con proverbios: el "proverbario". Uno de estos textos se me quedó en la memoria: "el pecado de la juventud lo paga con creces la vejez". Un proverbio chino. Tenía que venir de una cultura popular milenaria…
No importa el tiempo que demore en entender este refrán. Pero creo que es un lujo llegar a tener canas. Por eso, ahora, me siento vanidosa con cada arruga que aparece en mí.
Ingrid Lavandero Galán (Cuba)
Publicado en la revista Aldaba 31
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