jueves, 25 de febrero de 2016

INSOLACIÓN


Afuera, la destemplada fogosidad del sol reseca las hojas de los árboles, chillan y se achicharran las piedras. En tanto, yo guarezco a las sombras de una brisa artificial que refresca mis pensamientos:

Como nunca, Ungaretti me une a la vida:
“penetrada /en mi silencio /he escrito/nunca /tan unido a la vida”.

Whitman remonta vuelos a la estima del existir que poco antes Cioran había sepultado, cortado alas, con su pesimismo insolente:

“Me celebro y me canto a mí mismo”

Las imágenes comienzan a aflorar e invaden las neuronas algunas chispas de inspiración….

De repente el silencio ha hecho escala en otro lugar:

alguien habla,
suena el teléfono,
tocan la puerta.

Un perro ladra
desaforadamente.

Vuelve la calma.

Ahora, en mi cercana territorialidad, invoco desmoralizada los fecundos silencios de la casa de Yolanda Pantin:

“La palabra a golpes desprendida. /Volcada de revés. / La calma es un minuto”.


Pero el largo y tendido alarido de un niño, más parecido al llamado de tarzán, los desgarra.

Salgo de mi escondite, encaro al sol inclemente, a las hojas resecas, al chillido de las piedras chamuscadas y también grito…. ¡Déjenme escribir!

Finalmente, el silencio se ha derretido al sol al igual que mi inspiración.

ANDREA ALVAREZ (Venezuela)
Publicado en Los puños de las palomas

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