Le puse nombre a una piedra y entre tanta piedra anónima
aquella piedra fue única, pues ya no fue como todas
las piedras, que aquella piedra siendo una piedra fue otra:
fue la piedra que tenía nombre y la espuma y las olas
la llamaba por su nombre y compartían mil historias
con ella de rubias playas y de islas misteriosas.
Le puse nombre a una piedra y no fue más esa cosa
o aquellas cosas que son las cosas que son anónimas;
que aquella piedra al tener nombre fue más que preciosa;
que tener nombre es tener, y a todo el mundo le consta,
categoría de primera y muy primera persona.
Del libro DICHOS Y CAPTICHOS DEL COPLERO de
JUAN CERVERA -México-
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