El hombre, tras un impulso, se eleva con la pértiga. Por un instante, no desciende. El hombre desea descubrir el horizonte. Delimitar el infinito. La pértiga no se inclina. Recta, se parte. Cuando el hombre cae, las puntas astilladas se le clavan en los ojos.
Del libro Cuentos de hombre y altura de
FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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